Después de la guerra, el marxismo propuso confiadamente una verdad amenazadora, una derecha llevada por la angustia se volvió relativista y la socialdemocracia tuvo su oportunidad. Tras la gran derrota del marxismo en 1991, la verdad marxista desapareció, la verdad liberal resurgió y la socialdemocracia murió. Después del Waterloo del capitalismo, en 2008, y el auge del tecnofeudalismo, los liberales, los socialdemócratas y la derecha alternativa se están peleando por los restos de poder que les dejan los nubelistas.
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Fue el fracaso del experimento soviético, el único intento a gran escala para someter el capital al control de la sociedad. Produjo innovaciones relevantes, tanto en ciencia como en tecnología, pero el sistema soviético de planificación centralizada no consiguió que funcionaran al servicio de la gente. Varias décadas antes de que lo hicieran Google o Amazon, los científicos soviéticos inventaron una cibernética con el potencial de coordinar automáticamente las preferencias y los esfuerzos de las personas. Sin embargo, el sistema soviético, impuesto desde arriba, no fue capaz de explotarla en beneficio de la sociedad a la que debía servir. Y así, un terrible autoritarismo y el arduo trabajo diario condujeron a la derrota total en 1991.
Más tarde, el capital de inversión pudo dedicarse a arrasar a escala global sin traba alguna, lo que culminó en el crac de 2008 y el surgimiento de su mutación más formidable: un capital basado en la nube con un poder monstruoso para usurpar las mentes y los mercados. Gracias a los interminables fondos de los bancos centrales con los que los nubelistas han construido sus imperios, ahora todos estamos, como el Movatar de Stelarc, conectados a los circuitos del tecnofeudalismo. Así
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La pandemia exacerbó esa tendencia. La única diferencia significativa con el período prepandémico fue que, esta vez, y por primera vez desde 2008, los gobiernos gastaron algunos de los billones recién impresos por los bancos centrales en la población, para mantener a sus ciudadanos con vida mientras estaban confinados. Sin embargo, la mayor parte del dinero nuevo terminó inflando el precio de las acciones de las grandes corporaciones tecnológicas. Esto explica el informe del banco suizo UBS, publicado en octubre de 2020, según el cual la riqueza de los milmillonarios había aumentado un 27,5 por ciento entre abril y julio de ese año, justo cuando millones de personas de todo el mundo perdían su empleo o luchaban por salir adelante por medio de los planes gubernamentales.6 Mientras, los confinamientos cerraban los puertos, las carreteras y los aeropuertos, y ahogaban el suministro de bienes en economías en las que, durante muchos años, la falta de inversión ya había mermado la capacidad de producir a escala local. ¿Qué ocurre cuando, de repente, la oferta desaparece? ¿Y si lo hace en un momento en que las masas confinadas obtienen algún tipo de ayuda económica procedente del árbol de dinero de los bancos centrales? El precio de los comestibles, las bicicletas estáticas, las panificadoras, el gas natural, la gasolina, la vivienda y muchos otros bienes se dispara y, tras una docena de años de precios contenidos, se produce una gran inflación. Muchos esperaban que la inflación causada por los obstáculos en las cadenas de suministro fuera moderada. La expectativa de que fuera «transitoria» tenía su lógica: en la década de 2020, el poder de negociación de la mano de obra era una sombra de lo que había sido en los años setenta del siglo XX, cuando los poderosos sindicatos podían presionar para conseguir aumentos salariales por encima de la tasa de inflación. De eso se deducía que, como sólo se producirían pequeños aumentos salariales para apoyar a los trabajadores cuando los planes de regulación temporal de empleo y las ayudas económicas del gobierno hubieran finalizado, el aumento de los precios agotaría el poder adquisitivo de las masas, la demanda de bienes disminuiría y los precios caerían. Pero no sucedió así.