Leer una novela de Llovet es meterse en un mundo sumamente personal, alucinado, extraño, en los propios límites de todo.
En este caso es el Madrid de periferia entre la M-30, la Dehesa de la Villa, el día, o la noche, mejor dicho, de San Lorenzo.
Una road movie extraña en donde hay una fauna apabullante, como las dos pelirrojas, el propio protagonista Bernal, el galgo...
Un Madrid hecho de retazos de límites cerca de lo inasumible que se mueve espasmódicamente entre la droga, el juego, las carreras o los recuerdos de tiempos pasados que nunca fueron mejores.
Sus protagonistas son seres que van a la deriva y juegan a no morirse en el próximo instante, seres con movimientos involuntarios que se dejarán llevar por los sueños pero también por las pesadillas que hay detrás de ellos mismos.






