martes, 18 de julio de 2017

TEXTO. LA DESCOLONIZACIÓN Y LAS FRONTERAS ARTIFICIALES

En la política interna de África y de cada uno de sus países, todo siempre resulta sumamente complejo. La razón de ello radica en que los colonialistas europeos liderados por Bismarck en la conferencia de Berlín, al repartirse África entre ellos, metieron a unos diez mil reinos, federaciones y comunidades tribales que existían en el continente a mediados del siglo XIX —cierto que sin Estado, pero que funcionaban como organismos independientes— en las fronteras de apenas cuarenta colonias. Siendo así que muchos de aquellos reinos y comunidades tribales llevaban a sus espaldas largas historias de conflictos y guerras. Y de repente, y sin que nadie les pidiera su opinión, se encontraron dentro de los límites de una misma colonia y debían someterse a un mismo poder (extranjero, además), a una misma ley. Y ahora había empezado la época de la descolonización. Las antiguas rencillas interétnicas, que el poder extranjero tan sólo había congelado o sencillamente ignorado, de pronto resucitaron y volvieron a convertirse en actuales. Se había presentado la oportunidad de recuperar la independencia, cierto, pero una independencia condicionada: los adversarios y enemigos de antaño debían crear un mismo Estado y, unánimes, convertirse en sus gobernantes, patriotas y defensores. Las antiguas metrópolis y los líderes de los movimientos de liberación nacional africanos adoptaron el principio según el cual si en alguna colonia estallaban sangrientos conflictos internos, tal territorio no obtendría la independencia. El proceso de descolonización debía desarrollarse —así se lo definió— por la vía constitucional, en la mesa de negociaciones, sin grandes dramas políticos y salvaguardando lo más importante: que la circulación de riquezas y mercancías entre África y Europa no sufriese trabas excesivas. La situación en que debía producirse el salto al reino de la libertad colocaba a muchos africanos ante una elección difícil, pues dentro de ellos chocaban dos memorias y dos lealtades que libraban una lucha dolorosa y de difícil solución. Por un lado, se trataba de la memoria, profundamente arraigada, de la historia del clan y del pueblo propios, de quiénes eran los aliados, siempre prestos a ayudar en momentos de necesitarlos, y quiénes los enemigos, a los que había que profesar un sentimiento de odio; y por otro lado, se trataba de entrar en la familia de las sociedades libres y modernas, pero bajo la condición de despojarse de todo egoísmo y ceguera étnicos.


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