jueves, 6 de julio de 2017

EL CONDE DE VILLAMEDIANA Y VARIOS LIBROS PARA EMPEZAR A COMPRENDER EL BARROCO


Muerte del conde de Villamediana  Manuel Castellano. 1868 


Ya sabéis que era Don Juan

dado al juego y los placeres;

amábanle las mujeres
por discreto y por galán.
Valiente como Roldán
y más mordaz que valiente...
más pulido que Medoro
y en el vestir sin segundo,
causaban asombro al mundo
sus trajes bordados de oro...
Muy diestro en rejonear,
muy amigo de reñir,
muy ganoso de servir,
muy desprendido en el dar.
Tal fama llegó a alcanzar
en toda la Corte entera,
que no hubo dentro ni fuera
grande que le contrastara,
mujer que no le adorara,
hombre que no le temiera



Así describía Antonio Hurtado de Mendoza al Juan de Tassis, el famoso Conde de Villamediana, uno de mis personajes históricos favoritos, como más de uno ya sabéis.
Si hoy lo incluyo en el blog no es por sus retratos (de los que ninguno se conserva), ni por su palacio (que se destruyó) sino por representar a la perfección el mundo barroco español,siempre tan sumamente contradictorio. Pues el conde aspiró al poder como si éste fuera una obra de arte, la más compleja y perfecta de todos (como probablemente bien supo Velázquez que no sólo pintó sino estuvo constantemente haciendo política para su rey, Felipe IV).

Pero aún fue más lejos y convirtió su vida en una larga y excesiva pieza de teatro, jugando a las mil maravillas con la palabra clave que nos definirá a los españoles de este Siglo de Oro, las apariencias. Y fue galán (casi un precursor de Don Juan Tenorio), pero también poeta de enrevesados versos, bebedor, jugador y, a la vez, poseedor de un gusto exquisito tanto el vestido como para las obras de arte. Lo fue todo a la vez, y bisexual (muy probablemente), amante de la reina Isabel y también de la propia amante del rey (doña Francisca de Tavara), poniéndole doblemente los cuernos al rey que pretendía acaparar a toda costa para convertirse en su valido, en contra del Conde Duque de Olivares.
Y fue amigo de Góngora y enemigo acérrimo de Lope y Quevedo y, cuando se enfadaba, se encerraba en las letrinas de su palacio o escribía un verso. Pues todo formaba parte de los complejos engranajes del siglo XVII, la brutalidad más descarnada y las más hermosas palabras, lo refinado y lo grotesco, el meticuloso protocolo de la corte y las peligrosas noches entre tabernas, prostíbulos y duelos en la penumbra.

Así es cómo debemos entender nuestro arte barroco, como una representación, una pura ficción (pensad, de nuevo en Velázquez) en donde se unen reyes y bufones, tabernas y escenas religiosas. Un lugar en donde los dioses acaso no son tan perfectos (la fragua de Vulcano) o las Venus desnudas son mujeres de carne y hueso que, sin embargo, al reflejarse en un espejo, se convierten en puras manchas.




Todo este mundo de puras contradicciones Cervantes ya lo supo ver en su Quijote que veía gigantes o princesas en donde Sancho veía molinos o puras campesinas; algo parecido a lo que sucedía en la vida real de podredumbre, vicios, hambre y fanatismo religioso que se convertía, sin sorpresa ni transición, en el lujo más desaforado de la corte, sus trajes negros, sus ademanes medidos en la interpretación de sus vidas. (Como diría De la Flor, un mundo que antepone el imago a la imagen)


La vida es el gran teatro del mundo, diría Calderón, pero mucho antes el Conde de Villamediana ya lo había demostrado, interpretando una vida azarosa, siempre al filo de la navaja afilada que al final terminó por matarle, pues tenía tantos enemigos como versos escritos y aunque fuera un diestro rejoneador (como demostró en numerosas ocasiones en la Plaza Mayor), no pudo desviar su destino trágico, el mismo que vemos en los ojos de Felipe IV que heredó un Imperio que apenas si pudo dejar hecho añicos a un deficiente mental, su hijo Carlos II.




El sueño del caballero. Pereda

Por todo esto, porque el arte del barroco es un espejo (deformado y a veces deformante) de la realidad de un siglo tan contradictorio, para empezar a entender las Meninas es necesario saber cómo vivían los pobres, escuchar sus lamentos sobre un rey al que, al mismo tiempo, odiaban y reverenciaban. Saber de la complejidad para entender el más simple de los bodegones de Zurbarán, pues en aquel momento todo estaba íntimamente unido y se vivía con una pasión que a nosotros (ciudadanos de un mundo políticamente correcto) nos dejaría espantados.

Así que os recomiendo que, si queréis comenzar a comprender la pintura o la arquitectura leáis a Lope o Calderón, pues en sus páginas se explican cosas que nunca encontraréis en los manuales de arte o de historia. Y si no queréis ir tan lejos intentad lo con algo más sencillo, como la serie del Capitán Alatriste de Pérez Reverte o (me da una cierto pudor citarme a mi mismo) con el Señor del Biombo.

Yo, este verano, he aprendido muchísimo de arte barroco leyendo dos novelas históricas. Ladrones de Tinta, de Mateo Sagasta, y el Pintor de Flandes de Rosa Ribas. La primera es fantástica para conocer al pueblo llano de Madrid y moverse por la ciudad como si ésta de verdad aún existiera. La segunda habla de un inventado discípulo de Rubens que es utilizado por el conde de Villamediana para trazar un ambicioso proyecto político. Las dos son lecturas fáciles y, sobre todo la primera, verdaderamente apasionante.




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También os recomiendo.
http://www.jornada.unam.mx/2000/11/19/sem-sarabia.html  (Sobre las sátiras de los escritores del Siglo de Oro)

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