Tomado de http://www.alicantevivo.org/2007/06/el-franquismo-en-fotos.html
Comienza la ceremonia más inverosímil de la Historia contemporánea de España. El mayor culto a un político fallecido en la Europa occidental en lo que va de siglo. Van a ser 467 kilómetros recorridos al paso marcial de la Falange. Un paso, otro, silencio, temblor de cirios y luceros, rumor de hojas secas pisoteadas.
Serán once días y diez noches caminando a la intemperie, con el cuerpo del Profeta siempre a hombros, bajo los rigores de este otoño con muerte y hambre enmascaradas de Victoria. Diez noches y once días a pie bajo el frío, la escarcha, el rocío, la lluvia y el viento gélido de la madrugada. Un camino místico, espiritual. Desde la arena fina del Mediterráneo hasta la piedra dura de El Escorial, morada de reyes, sepulcro imperial. Durante el traslado encenderán hogueras nocturnas y entonarán letanías diurnas. Pasarán por trincheras aún abiertas. Los labriegos se asomarán a la vera del camino. Los pueblos se emocionarán al paso del joven mártir y sus santas reliquias.
Yo lo vi pasar, yo lo cargué sobre mis hombros, yo dije joseantoniopresente delante de él muerto y redivivo. Yo y Él: lo único que precisa toda fe. Nosotros: lo único que tolera este país herido de odio. Comienza la mayor operación de propaganda, armada con las mejores plumas que han quedado en el país, para asentar el relato de una nueva España.
Para que nadie olvide a José Antonio, el hombre que soñaba imperios, prometía la revolución y denostaba el ideal conservador. Para que el pueblo idealice a José Antonio, el candidato al que casi nadie votó medio año antes de ser fusilado. Para que nadie —nadie más que el poder instituido, nadie más que Él, demiurgo del drama, titiritero de marionetas azules— se adueñe, tergiverse y manipule la figura de José Antonio, el pionero del fascismo español, el jefe nacional de la Falange, el enemigo del Frente Popular, el azote de la República, el gran desconocido al que todos van a desconocer. Aquel joven serio, tímido, apasionado, impulsivo, elegante, exigente, recio, orgullosísimo, culto, inteligente, perfeccionista, sarcástico hasta lo hiriente, carismático, seductor, admirado, reverenciado, idolatrado. Mesiánico. Un joven ambicioso con un concepto trágico de la vida: el destino, el sacrificio, la misión. Media España va a convertirse en un teatro. Las luces se han apagado. La función va a comenzar.
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La Ausencia había terminado. Empezaba la mitificación, la glosa desmedida. La construcción de un santo secular que iba a servir, muerto, a la dictadura. Los intelectuales y los poetas desenfundaron la pluma, los periodistas y escritores aclararon las gargantas. Se celebró la Semana de José Antonio en la Radio Nacional controlada desde Burgos. La guerra seguía y los vates del falangismo se asomaban al micrófono cada día para loar al Glorioso Mártir, al Elegido, a aquel que ya nunca iba a volver. Decía Dionisio Ridruejo: Camaradas de España: no hagamos un duelo estéril y flojo. No hagamos una pantomima de dolor por José Antonio. Que suenen los yunques. Trabajemos, camaradas, para que José Antonio no sea el lucero lejano propicio a la contemplación en las noches tristes. Luchemos, camaradas, para que José Antonio, con su cuerpo y su alma, dé forma y continuidad al cuerpo y alma de España, martirizada. Decía Eugenio Montes: Fue José Antonio Primo de Rivera el índice que puso en marcha la rueda de la nueva Historia de España. Decía Agustín de Foxá: José Antonio fue el primer político español que afirmó que a los países los hacían los poetas. Él saturó de poesía su doctrina, y sus luceros, sus rosas, entrañas, sangre y vida hicieron que la política se convirtiera en Historia. Decía el conde de Mayalde: Nuestro camarada salió para una empresa de la que no se vuelve. Sabía lo que valía la sangre de cada uno de los suyos, y su postrera oración desde la tierra fue para pedir a Dios que su sangre fuera la última que se vertiera en la contienda. Decía Julián Pemartín: Con su palabra nos ensenó que la vida es milicia y hay que vivirla en perpetuo servicio; que nadie es más libre que quien renunció a una parte de su libertad; que sólo alcanza la completa libertad el que se aviene a formas disciplinadas en el cumplimiento de una gran empresa. Decía José Antonio Giménez-Arnau: El más grande espíritu que hace tres siglos conociera España continúa vivo y operante. Y así ha de continuar por siglos, llenando páginas gloriosas de nuestra Historia y ganando las mejores batallas, como Rodrigo Díaz después de la muerte de su cuerpo. Y por encima de todos ellos, siempre excesivo, hiperbólicamente mayestático, oportunista, un ojo en el papel y otro en la puerta que debe entreabrir, se puede, mi general, mi Caudillo, generalísimo, decía Ernesto Giménez Caballero, alias Gecé, que José Antonio ascendió, por la voluntad y las oraciones de todo un pueblo, a la diestra de Dios Padre Todopoderoso. Ascendió beatificado por la gratitud de todo un pueblo conmovido hasta las entrañas por su martirio de héroe nacional. Ascendió a presidir ese día la Falange española de todos los Caídos. Que es hoy la suprema Falange de España: la inmortal. El purgatorio había terminado. El estado de Ausencia devino en un culto oficial creciente. En esa misma semana radiofónica de adoración almibarada se celebraría el funeral en la catedral de Burgos sin su cuerpo, con un falso ataúd de José Antonio colocado sobre el sepulcro del Cid Campeador. Con el Caudillo bajo palio, todo el Gobierno, el nuncio, los uniformes manchados de guerra, la guerra en todas las bocas, en todas las mentes, llenando la guerra el aire del templo. Gritos de José Antonio en la escalinata. Voces aguerridas de Presente. Inscripción en el muro. Ofrendas florales de muchachas enamoradas de aquel rostro eterno, obreros fascinados por esa retórica revolucionaria de camisa arremangada, estudiantes seducidos por el ardor de su palabra y ese acto romántico: morir por las ideas. Por ideas creadas para que mueran otros, la poética del sacrificio, el relato para cortar una oreja o para que te la corten en la lidia humana del ardor guerrero y de amor patrio henchido el corazón. Todo ello en Burgos, cabeza de Castilla, capital de España, corazón de la Cruzada, a 20 de noviembre del 38. Había que ganar la guerra. Ya pensaban en ganar la paz.
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