Cada verano, y desde hace muchos años, siempre hay unos días reservados para Gabo, y este año le tocaba a su novela mejor escrita (solo un punto por debajo en la escala de mis amores de Cien Años de Soledad)
Una historia sobre las múltiples trampas que tiene el poder (sobre todo para el que lo ejerce, sometido a todo tipo de conjuras o, peor incluso, de adulaciones y falsos amigos que esconderán siempre la verdad) pero también sobre la vejez (algo que voy entendiendo más en cada nueva lectura)
Especialmente el primero es un tema que siempre me ha fascinado (y que en el fondo comparte de una forma secreta con los Padrinos de Coppola, pero también con algunas experiencias propias y dolorosas de mi pasado, pues hasta para ser un despota tirano hay que valer).
Junto a eso, la novela es todo un prodigio de escritura, de sintaxis creativa que gira y gira sobre los temas dándoles nueva luz en cada vuelta, mientras los encabalga con otros.
Pero por encima de todo está esa adjetivacion tropical, asombrosa, con decenas de versos de Rubén Darío escondidos en ese discurso insomne que hay que paladear despacio, llenándote de sus sonidos, como si más que literatura fuera música. (Pocas novelas conozco que hayan llegado a estas cimas de musicalidad y de manejo de los tiempos y las palabras).
Pura sinestesia.
(Qué maravilla ser español, hablar español, aunque solo sea para poder leer a Gabo sin traducciones interpuestas)