sábado, 1 de mayo de 2010

MI VIDA CON 14 AÑOS

Me llamo Julián y tengo 14 años. Nací el día 7 de Diciembre de 1922 y vivo en Campo Real con mis padres Félix y Josefa y mis cuatro hermanos pequeños, en una casa no muy grande de dos plantas situada en el centro del pueblo. Al entrar se ve un portal pequeño que se comunica a la derecha con la habitación y al fondo con la cocina. En la habitación, que se ilumina de día con una ventana pequeña que da al corral y con una lamparita que sólo se enciende de noche, sólo hay una cama más o menos grande en la que dormimos mis hermanos y yo.
Desde la habitación, a través de una cortina, se da paso a la alcoba; un cuarto más bien pequeño donde la cama ocupa todo el espacio, en la que duermen mis padres y mi hermano pequeño. En la cocina madre prepara la poca comida que tenemos; desde aquí se sale al corral donde hay tres gallinas que nos aportan huevos para el desayuno y las comidas. En la planta de arriba sólo se guarda trigo, paja y trastos viejos.
Mi casa no tiene retrete, estos no son muy comunes en las casas y tenemos que hacer las necesidades en el corral o en orinales, para luego echarlo en los basureros de las afueras del pueblo; pero sí tenemos agua para podernos asear; los mayores en una palangana y los pequeños en un barreño en la cocina, con el agua que mi madre calienta en un puchero en la lumbre.
La barbería de padre se comunica con nuestra casa, en la que yo ayudo barriendo los pelos que se caen al suelo después de que padre les haya afeitado o cortado el pelo. A ella vienen muchos militares del frente, por lo que madre tiene que tener mucho cuidado con los piojos y liendres que estos traen y para evitar que los tengamos nos cuece la ropa.
Por la noche, cuando tiene tiempo, madre nos hace la ropa y nos remienda la que se nos rompe, o nos enseña a leer y escribir. Yo nunca he podido ir a la escuela, pero gracias a madre he podido aprender muchas cosas.
El pueblo al ser la mayoría agrícola y al haber cinco o seis grandes casas; en una de ellas trabaja madre cosiendo vestidos y lavando la ropa en la fuente del pueblo o preparando la comida y sirviéndola; no hay nadie sin trabajo. También hay mucho pastoreo porque he llegado a contar diecisiete atajos de ovejas y uno de cabras vecinal, pero yo no me dedico a eso, mi trabajo no es muy satisfactorio pero necesito traer dinero a casa; auque es muy duro subir y bajar ladrillos y respirar el aire que sueltan estos al cocerse, yo no me quejo y más vale que haga bien mi trabajo o si no, no quiero ni pensar lo que nos pasará.
Aquí se habla mucho del Señor Ezequiel que, aunque no le conozco, sé que transporta viajeros con una tartana y un caballo a los pueblos de alrededor, sobre todo a Arganda, donde la gente compra en el mercado.
Al no haber una oficina de correos en Campo Real, el cartero lleva la correspondencia a Arganda, desde donde es mandada a su destino, y trae las cartas que llegan con destino a Campo Real y periódicos para repartirlos de casa en casa; de esta manera podemos estar informados de lo que pasa fuera del pueblo; y así gracias a los periódicos y a la radio, nos hemos enterado de que el 18 de Julio de 1936 se ha producido un alzamiento militar, dirigido por un tal Franco contra el Gobierno de la Segunda República, aunque yo no entiendo muy bien qué es eso la gente del pueblo se ha empezado a poner nerviosa y cambian de conversación cada vez que los chicos preguntamos.
El 12 de Noviembre de 1936 un señor llamado Carlos Rubiera ha dado un mitin en la plaza del pueblo en el que ha comunicado que la guerra había empezado, aunque ya no era nada nuevo pues ya lo habíamos escuchado en la radio y en los periódicos. Una semana después han empezado las revueltas, y algunas veces llegan militares, todo el mundo está preocupado por los que están luchando en la guerra; supongo que yo he tenido suerte pues a mí no me han mandado para combatir en el frente, pero a dos de mis amigos sí. Según dicen no me han mandado a luchar porque soy muy bajito. No entiendo contra quién luchamos, ni qué territorio queremos conquistar.
Desde la ventana de mi casa veo cada día cómo bajan los santos procedentes de la iglesia, para quemarlos en las afueras del pueblo o en la plaza. Han tirado las campanas de la iglesia y están siendo usadas por telegrafistas.
Suelo ir a las casas donde vienen militares a descansar en las que me cuentan historias que yo no llego a entender del todo. Ya aprovecho y me quedo a comer con ellos; así mis padres tienen una boca menos que alimentar; pero otras veces aunque yo me quiero quedar no puedo porque también escasea la comida.
Algunos días echan cine para los jóvenes en una explanada, al que voy con mis hermanos. Estábamos viendo una película y han lanzado una piedra desde la parte de arriba, parece ser que con dirección a un grado militar, con tan mala suerte que esa piedra ha golpeado a un chico del pueblo y le han hecho una brecha en la cabeza.
Los días que no hay cine vamos a jugar a casa del señor cura, Don Valentín, un señor mayor que en la época de higos nos pasa al patio y nos da higos de las grandes higueras que tiene allí. Esto fue hasta que un día, no sé muy bien por qué, ha tenido que esconderse en una casa del pueblo, en la que los dueños sólo le ocultan por el mero hecho de que creen que tiene dinero. Don Valentín sólo me ha contado a mí este secreto y me ha hecho prometerle que no se lo diría a nadie. Unos días después, al descubrirlo, le han echado de la casa que le ocultaba y en el Reventón le han fusilado; todavía no me creo como pueden hacer eso, ¿qué es lo que ha hecho Don Valentín para que le maten?
Las cosas están yendo a peor, tanto, que han puesto un campo de aviación para aviones de caza que llamamos “moscas” porque son aviones muy pequeños en los que sólo llevan dos ametralladoras; y en el campo han incorporado dos refugios bajo tierra.
La ermita del Cristo es usada como almacén de intendencia al que voy más de una vez a por pedazos de bacalao, chocolate y algunas latas de conserva.
En una casa del pueblo hay dos rusos; conductores de tanques, que se han hecho muy amigos de padre y en alguna ocasión nos dan alguna lata de carne. Los tanques los meten debajo de las olivas en hoyos de barro y he podido subirme en uno de estos con todos esos botones y luces, es demasiado complicado pero es una experiencia muy divertida.
La guerra sigue su curso y cada vez traen más muertos, o cartas informando de que han muerto. La comida falta y la gente está más preocupada que nunca. No sé cuanto va a durar todo esto, sólo me consuela pensar que cuando esto acabe el pueblo volverá a ser como antes, con menos gente, pero seguro que en paz.
Entre los días 6 y 28 de Febrero de 1937 las sirenas de la iglesia no han parado de sonar, madre y padre cogen a mis hermanos de la mano y todos salimos corriendo a los refugios, pasan muchos “moscas” por el cielo, vienen más militares, que traen tanques con ellos y se oyen explosiones a lo lejos. Los refugios no son muy cómodos pero padre dice que es donde más seguros estamos. Compartimos el espacio con otras familias del pueblo y los niños pequeños no pueden jugar. Nadie sabe qué es lo que pasa y cuando se le pregunta a los militares, no responden. Tienen la cara seria y parecen muy preocupados. El 12 de Febrero de 1937 nos hemos enterado, por la radio, de lo que esta pasando: en Arganda, cerca del río Jarama se está produciendo una fuerte batalla.
El 27 de abril de 1937 me he puesto muy enfermo con bronquitis. Madre está muy preocupada y solo se preocupa de mí, además mi hermana me pone paños mojados en la frente para que se me baje la fiebre y mis hermanos me cuentan historias que ellos mismos se inventan o me informan de lo que pasa en el pueblo. Mientras tanto padre busca medicinas donde no las hay, para curarme. Cada día estoy más débil, no puedo abrir los ojos ni puedo tragar saliva, y cada vez me cuesta más respirar; pero no tengo miedo pues se que voy a ir al cielo y allí ya no tengo nada que temer. Me da pena por mis padres; si yo no trabajo, ¿quién les va a ayudar?, sólo con el dinero que ellos ganan no es suficiente. Un mes después he conseguido recuperarme, todavía estoy débil pero ya puedo abrir los ojos y respirar; tal vez no ha llegado mi hora y hago más falta aquí que allí arriba.
Una vez recuperado, al pasar padre y yo por el cruce de San Sebastián hemos visto un puesto de guardias de asalto que, han echado el alto a un hombre y éste se ha dado a la fuga; lo que les ha obligado a disparar. El disparo le ha dado directamente en la cabeza y el vehículo se ha parado de inmediato. Le han enterrado en un basurero que hay en frente, en una era, pero supongo que al día siguiente le llevarán al cementerio…
Han traído a sus familiares tres chicos muertos y uno herido, por falta de experiencia al manipular una bomba que estalló; los familiares no hacen más que llorar y se puede ver su cara de sufrimiento al ver los cuerpos de sus hijos inmóviles en el suelo.
El 31 de Octubre de 1938 es un día horrible, de repente unos hombres vestidos con uniforme, un uniforme diferente, no como el de los militares que yo estaba acostumbrado a ver en el pueblo; han venido a mi casa y, de un golpe han abierto la puerta, han empujado a madre, que se ha caído al suelo, y mi hermano pequeño se ha puesto a llorar, luego han entrado en la barbería de padre, que estaba todavía cerrada, y se le han llevado a la cárcel de Alcalá de Henares. ¿Por qué? ¿Qué ha hecho mi padre? ¿De que le acusan? Él siempre se ha llevado bien con todo el mundo. Nadie nos ha dado una explicación. He intentado que madre me lo cuente pero cada vez que la pregunto empieza a llorar y cambia de tema, ¡creo que ella tampoco lo sabe!
Una o dos veces a la semana madre y yo vamos a ver a padre a la cárcel para llevarle ropa, comida y estar un rato con él. Estamos muy poco tiempo, porque a los veinte minutos o así nos echan. Yo le veo muy triste y débil, pero él se hace el fuerte cuando estamos delante y nos dice que está bien, pero tiene heridas por todo el cuerpo, tose y le cuesta hablar. Cuando regresamos a casa estoy agotado. El viaje andando hasta Alcalá de Henares es muy largo, pero merece la pena ir a ver a padre. Madre no me dice nada pero se la ve preocupada, pues no sabemos cuando van a soltarle.
El 1 de Abril de 1939 ha terminado la guerra y la gente está ya más calmada, pendiente de los que regresan, aunque algunos se llevan una decepción pues son muchos los que no van a volver.
El 4 de Abril de 1939 ha vuelto padre de la cárcel, nos hemos puesto todos muy contentos, aunque madre no ha dejado de llorar desde que le ha visto entrar, está muy desmejorado, muy flaco, parece mucho más viejo que cuando se marchó y apenas tiene cuarenta y nueve años. Está muy enfermo. Todos cuidamos de él y le contamos historias para ver si mejora. ¡Está tan débil! Unos días después padre muere, en su cama y rodeado de los suyos. Ahora soy yo el que tiene que sacar la familia adelante.

Marta Ibáñez (2º ESO SIES La poveda en Campo Real)
Ganadora del concurso de relatos históricos (categoría 2º EsO) celebrados en la semana cultural del Instituto (Curso 2009-2010)

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