lunes, 23 de enero de 2017

GULAGS Y REPRESIÓN EN LA URSS


Mapa de los gulags
Tomado de wikipedia

La matanza de millones y en la población del GULAG había una coherencia pensada con sangre fría y una tenacidad persistente. Que en nuestro país, las cárceles jamás estuvieron VACÍAS, sino llenas o atascadas. Que mientras ustedes desentrañaban alegremente los inocuos enigmas del núcleo atómico; estudiaban el influjo de Heidegger en Sartre y coleccionaban reproducciones de Picasso; viajaban en coches-cama al balneario o construían su dacha en las afueras de Moscú, los furgones celulares recorrían, incesantes, las calles, y los de la KGB daban golpes o timbrazos en las puertas.

Desde la propia revolución de octubre, la historia de la revolución rusa y la posterior URSS se verá jalonada por una fuerte represión que alcanzará sus cotas más altas en tiempos de Stalin, los que se organizó todo un complejo engranaje de policía política, juicios sumarísimos y campos de concentración (denominados gulags).
Os he realizado una selección de textos del terrible libro Archipiélago Gulag de Alekxandr Solzhenitsin para que comencéis a comprender algo de esta oscura historia.

LA DETENCIÓN
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Es un estridente timbrazo nocturno o un violento repicar en la puerta. Es la arrogante entrada de los agentes, que penetran en su casa sin limpiarse las botas. Es el testigo ocular, que, asustado, permanece tras ellos.

Los Órganos casi nunca tenían sólidas razones para preferir el arresto de alguien en concreto; lo que les importaba era alcanzar las cifras establecidas.
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El arresto tradicional es, además, las temblorosas manos que preparan las cosas del detenido: una muda de ropa, una pastilla de jabón, algo de comer; pero nadie sabe qué debe ni qué puede llevarse; y mientras, los agentes dan prisas y cortan los preparativos: «No hace falta nada. Allí le darán de comer. Allí hace calor». (Todo es mentira. Dan prisa para meter miedo). El arresto tradicional es también, cuando se han llevado al pobre hombre, la brutalidad, durante muchas horas, en la casa, de una fuerza intrusa, ruda y aplastante. Es arrancar, tirar y apartar violentamente de las paredes los armarios, abrir cajones, desparramar su contenido, apilarlo, pisotearlo. Durante el registro no hay nada sagrado.
(...)
Efectivamente, las detenciones nocturnas semejantes a la descrita, son las preferidas en nuestro país, porque ofrecen importantes ventajas. Todos los que viven en el apartamento se estremecen de temor al oír el primer golpe en la puerta. Sacan al arrestado del calor del lecho; éste se muestra torpe a causa de la modorra, está entontecido. En la detención nocturna, los agentes cuentan con superioridad de fuerzas: son varios hombres armados contra uno con el pantalón a medio abrochar; mientras se viste y hacen el registro no se apiñará en el portal una multitud de eventuales partidarios de la víctima.
(...)

Los arrestos son variados. Al entrar en la fábrica después de enseñar el pase, te apartan y te llevan; con 39 grados de fiebre te sacan de un hospital militar (Hans Bernstein) y el médico no se opone (¡y que no se le ocurra!); te levantan de la mesa de operaciones, después de operarte una úlcera de estómago (N. M. Vorobiov, inspector regional de escuelas, 1936) y entre la vida y la muerte, sangrando, te trasladan a la celda (recuérdese a Karpunich); pides (Nadia Levitskaya) visitar a tu madre presa, y lo logras, pero resulta que se trataba de un careo y te arrestan. En una tienda de ultramarinos te invitan al departamento de encargos y allí te arrestan; te detiene un vagabundo al que, por amor de Dios, le diste cama en tu casa; te arresta el electricista, que viene a tomar los datos del contador eléctrico; te detiene un ciclista que te arrolló en la calle, el maquinista de un tren, un taxista, el empleado de una caja de ahorros y el administrador de un cine… todos ellos te detienen y, cuando ya es demasiado tarde, ves el carnet de pastas rojas que llevaban muy escondido. A veces los arrestos se efectúan con un lujo tal de inventiva, con un despliegue de energías tan excesivo, que el arresto parece un juego, porque, de todas formas, la víctima no habría ofrecido resistencia. ¿No será porque, así, los agentes quieren justificar su labor y su abundancia? Probablemente bastaría con enviar una citación a todos los «conejos» señalados y ellos mismos, a la hora y minuto indicados, acudirían con su hatillo a las negras puertas de hierro de la Seguridad del Estado para ocupar en el calabozo el trozo de suelo que les indiquen.

LOS DETENIDOS

El decreto del Sovnarkom, firmado por Lenin, del 22-VII-1918: «Los culpables de vender, comprar o almacenar —con miras a venderlos como negocio— los productos alimenticios, monopolizados por la República [el campesino almacena el trigo para venderlo; ¿¿no es éste su negocio?? — A. S.]…privación de libertad no inferior a los 10 años, acompañada de rigurosísimos trabajos forzados y confiscación de todos
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Para erradicar la religión en este país —una de las tareas principales de la GPU-NKVD a lo largo de los años veinte y treinta— había que encarcelar a las masas de creyentes ortodoxos. De forma intensiva fueron retirados de la circulación, encarcelados y deportados, los monjes y monjas, que tanto «ennegrecieron» en el pasado la vida rusa. Arrestaban y juzgaban a los activistas de la Iglesia
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Ya al iniciarse la década de los veinte aparecieron riadas íntegramente nacionales que, si aún eran exiguas para las regiones periféricas, lo eran mucho más a escala rusa: los mussavatistas de Azerbaiján, los damascos de Armenia, los mencheviques georgianos y los turkmenos —basmaches—, que se resistían a la implantación del poder soviético en Asia Central
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¡Y les llegó, lentamente, pero les llegó el turno de entrar en chirona a los miembros del partido dirigente! Al principio (1927-1929) fue la «oposición obrera» o los trosquistas, que no habían tenido suerte en la elección del líder. Al principio fueron centenares, pronto serían miles. El comer y el rascar todo es empezar. Igual que los trosquistas veían indiferentes cómo encarcelaban a los de otros partidos, así después el resto del partido veía con buenos ojos el encarcelamiento de los trosquistas. A todos les llegó su turno. Más adelante fluiría la inexistente oposición «derechista». Las fauces iban comiéndose por la cola un miembro tras otro, hasta llegar a su propia cabeza.
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1929-30 fue la multimillonaria de los kulaks expropiados. Era de un tamaño desmesurado y para ella habría sido insuficiente hasta la extensa red de prisiones preventivas (atestadas además por la riada del «oro»), pero esa riada pasó de largo y fue encauzada directamente hacia las cárceles de expedición, hacia las etapas, hacia el país del GULAG. Con su hinchazón simultánea, esta riada (¡este océano!) desbordaba todos los cauces que podía ofrecer el sistema carcelario y judicial del enorme Estado
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el nuevo Decreto relativo a los divulgadores de secretos de Estado (se consideraban secretos: las cosechas del distrito; las estadísticas sobre epidemias; la producción de cualquier taller o fabricucha; hablar de un aeródromo civil; los itinerarios del transporte urbano; el nombre de un preso en un campo de concentración).
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EL INTERROGATORIO

al reo le darían tormento; le oprimirían la cabeza con un aro de hierro; lo sumergirían en una bañera llena de ácido; que, desnudo y atado, lo torturarían con hormigas y chinches; le meterían en el conducto anal una baqueta calentada en un infiernillo (el «hierro secretor); que con la bota le aplastarían poco a poco las partes sexuales y que el más suave de los tormentos sería no dejarlo dormir en una semana, sediento, dándole palizas hasta despellejarlo, los


utilizaban la calefacción por aire para introducir en la celda aire frío o pestilente. Y existía una celda de corcho, en la que no había aire, y además abrasaba. Al parecer, el poeta Kliuev estuvo en una de esas celdas; Berta Gandal, también. Vasili Alexandrovich Kasianov, que tomó parte en la insurrección de Yaroslavl en 1918, contaba que le calentaban la celda hasta que los poros de su cuerpo rezumaban sangre; cuando por la mirilla veían eso, acostaban al detenido en la camilla y lo llevaban a firmar el sumario. En el período del «oro» también aplicaban métodos «calientes» (y «salados»). En Georgia, en 1926, a los procesados les quemaban las manos con un cigarrillo; en la cárcel de Metej, en la oscuridad los empujaban a un pozo de aguas fecales

EL GULAG

En el trabajo los rodeaba una escolta con perros, les pegaba todo el que quería, los azuzaban con las metralletas. En camino a la zona podían por capricho soltar contra su columna una ráfaga de tiros, y nadie exigía a los soldados responsabilidades por los muertos. A la extenuada columna de presidiarios era fácil distinguirla desde lejos de una de detenidos corrientes, tan perdidos, tan trabajosamente caminaban. Se les medían sin rebajas sus doce horas de trabajo. (En la talla manual de piedra de morrillos, bajo las ventiscas polares de Norilsk, les daban dos veces al día 10 minutos para calentarse). Y se empleaban lo más disparatadamente posible sus doce horas de descanso. Por cuenta de estas doce horas los conducían de zona a zona, los hacían formar, los registraban. En la zona de habitación en seguida los llevaban a su jamás ventilada tienda —un barracón sin ventanas— y los encerraban dentro. En invierno había allí un aire espeso, apestoso, húmedo, acre, que una persona no acostumbrada no podía resistir ni dos minutos. La zona de habitación era aún menos asequible a los presidiarios que la zona de trabajo. Ni al retrete, ni al comedor, ni a la enfermería los dejaban ir jamás. Para todo estaba o el zambullo, o la ventanilla. Así era el presidio estaliniano de los años 1943-1944: una combinación de lo peor del campo de concentración con lo peor de la cárcel.[1] En sus 12 horas de descanso entraba además el pase de lista por la mañana y por la noche, no simplemente contar cabezas, como con los presos ordinarios, sino detallado, nombre por nombre, en el que cada uno de los cien presidiarios debía dos veces al día pregonar sin vacilación su número, su aborrecido apellido, nombre, patronímico, año y lugar de nacimiento, artículo, condena, quién la dictó y final de la condena; mientras los otros noventa y nueve debían dos veces al día oír todo eso y desconsolarse. En esas mismas doce horas también entraban dos repartos de alimento: por la ventanilla

En todos los Campos Especiales se fortificaron complementariamente las líneas de zona, se tendieron más alambres de espino y además se sembraron espirales de Bruno por las antezonas. En el camino seguido por las columnas de obreros, en todos los cruces y recodos importantes se instalaban de antemano ametralladoras y se tendían en posición sus servidores. En cada lagpunkt había una cárcel de piedra, el BUR.[13] A los encerrados en el BUR se les quitaban obligatoriamente los chaquetones: el tormento del frío era una particularidad importante del BUR. Pero también cada barracón venía a ser una cárcel, ya que las ventanas estaban todas enrejadas, por la noche entraban un zambullo y se atrancaban las puertas. Y además en cada zona había uno o dos barracones disciplinarios, con vigilancia reforzada, con su propia pequeña zonita dentro de la zona; se cerraban inmediatamente a la llegada de los detenidos del trabajo, según modelo del primer presidio. (Estos eran los BUR propiamente dichos, pero nosotros los llamábamos regimkas). Luego aprovecharon sin disimulo alguno la valiosa experiencia hitleriana con los números: sustituir el apellido del recluso, el «yo» del recluso, la personalidad del recluso, por un número, de forma que se distingan uno de otro ya no por toda su individualidad humana, sino sólo por una unidad de más o de menos en una serie uniforme. Y esta medida puede llegar a ser opresiva, pero sólo si se lleva a cabo muy consecuentemente, sin concesiones. Así se intentó. Todo recién llegado, tras «tocar el piano» en la sección especial del campo (es decir, tras dejar las huellas dactilares, como se hacía en las cárceles, pero no en los ITL), se ponía en el cuello una cuerdecita con una tablita. En la tablita se componía su número, como «U-262», y en este atuendo lo retrataba el fotógrafo de la sección especial. (¡Todas estas fotos aún deben conservarse en algún sitio! ¡Todavía las veremos!)
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¡Sí, otro trabajo más! Cada día 110-120 hombres salían a cavar fosas. Dos «Studebaker» transportaban los cadáveres en enrejados de los que asomaban brazos y piernas. Incluso en los mejores meses, en verano de 1949, morían unas 60-70 personas al día, y en invierno no bajaba del centenar 


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