sábado, 13 de julio de 2013

El libro del sábado. LAS COSAS, PEREC


Perec es uno de los escritores más fascinantes de la segunda mitad del siglo, y yo a menudo suelo relacionarlo con Italo Calvino (con el que compartió asociaciones e intereses). Ambos se atrevieron a reconstruir la literatura tradicional y embarcarse en múltiples experimentos (como más tarde haría el boom latinoamericano).
Pero si sólo hubieran experimentado sin más, su obra pronto habría caído en el olvido, pero tuvieron la osadía de romper lo formal y, a la vez, interesante por el fondo, y plantear grandes preguntas a los hombres de su tiempo, convirtiéndose entonces en inmortales.
Perec, en esta obra (su primera obra) radiografió como ninguno la incipiente sociedad de consumo, el poder que han ido tomando las cosas, los objetos, sobre las personas, convirtiéndose en su referente vital.

Les habría gustado ser ricos. Creían que habrían sabido serlo. Habrían sabido vestir, mirar, sonreír como la gente rica. Habrían tenido el tacto, la discreción necesarios. Habrían olvidado su riqueza, habrían sabido no exhibirla. No se habrían vanagloriado de ella. La habrían respirado. Sus places habrían sido intensos. Les habría gustado andar, vagar, elegir, apreciar. Les habría gustado vivir. Su vida habría sido un arte de vivir.
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Pues son esas Cosas los verdaderos protagonistas del relato. El poder que tienen sobre los hombres. Ellas son los verdaderos termómetros por los que nos medimos y nos situamos. El ansia de su posesión, su recuento minucioso en escaparates y casas, su acumulación es la fuerza motriz de la joven pareja que deambula por París imaginando cómo podría ser su vida si ellos pudieran acceder a LAS COSAS.

Una crítica (escondida tras el fluir de las palabras pero siempre presente) que se emparenta directamente con la Sociedad del Espectáculo de Debord o la generación del Nuevo realismo francés (Arman), y que de una forma sumamente lúcida supo ver uno de los signos medulares de nuestro tiempo, consumismo y clase media, palabras casi intercambiables y verdadero motor (por o menos hasta el paso a la economía puramente financiera) del sistema capitalista.
Y es que esa nueva clase media (ya de cuello blanco al menos por sus estudios), separada de los trabajos manuales y con la suficiente educación para elaborar todo un discurso propio, es otra de los grandes hallazgos de la obra


Cada vez hay más personas que no son ni ricas ni pobres: sueñan con riquezas y podrían hacerse ricas: ahí es donde empiezan sus desgracias.


Su obsesión por la posesión de las cosas termina por romper sus posibilidades, iluminando con claridad el techo de cristal que la separa sin remedio de la verdadera riqueza.

                                                                  


 De ahí su fracaso, pese a tenerlo todo a su favor: estudios, gusto, ganas de triunfo... Nunca llegarán a poseer, nunca serán; el espejismo del las posibilidades del capitalismo queda desbaratado y tras él sólo queda la melancolía, el triste espectáculo de los fragmentos de sueños rotos.

La novela es, también, todo un recorrido por el lujo parisino, por el buen gusto creado por la propia capital en sus artes aplicadas, de esa grandeur francesa que se puede observar en cada detalle de ciertos barrios escogidos en donde de la comida a la decoración, la moda, el inmenso catálogo de perfumes, convierten a la ciudad en un verdadero simulacro de la élite que se copia una y otra vez en el mundo

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