lunes, 7 de diciembre de 2015

LAS CANONIZACIONES DEL SIGLO XVII


 Grabado con la decoración de Girolamo Rainaldi para la fachada de 

San Pedro del Vaticano en la ceremonia de canonización de 

San Carlos Borromeo y su comparación con un dibujo de uno 

de los retablos de San Miguel (8)

Imagen y texto tomado de viajar con arte



A partir de Urbano VIII se comienzan a realizar las canonizaciones a través de bulas papales en donde se establecían los datos básicos que hacían merecedor de tal privilegio al nuevo santo (a la vez que se reservaba, la Santa Sede, la capacidad exclusiva para beatificaciones y santificaciones).
El dato es relevante, pues nos habla de las canonizaciones como un verdadero instrumento político (una consecuencia, tardía, del espíritu contrarreformista), que intenta con ella marcar las principales líneas ideológicas de la Iglesia en un momento determinado, haciendo entrar "en la agenda" (como diría un comentarista político actual) los temas deseados (caridad, misiones, propaganda de la iglesia...)

 "Disegno e Prospetto del Theatro, e nuovo Apparatto dentro la Chiesa di San Pietro in Vaticano" presentado por el pontífice Clemente X para la organización de las fiestas de canonización a Felipe Benicio, Cayetano de Tiena, Francisco de Borja, Luis Beltrán y Rosa de Santa María el 12 de abril de 1671. Grabado de Gio Battista Falda, Roma, 1671.
Imagen y texto tomados de books.openedition.org/cemca/2315

Para ver la importancia de estas canonizaciones sólo hace falta observar su elevada inflación (diría un economista) que sufren en este siglo. Sólo en un día (19 de junio de 1622),  se canonizan por parte de Gregorio XV a San Isidro, San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier y Santa Teresa de Jesús y San Felipe Neri.
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Una curiosa pintura en donde los canonizados en 1622 se unen a pie de la cruz. Guy Francis. Le Puy en Velay.

Estas canonizaciones, además de lo puramente espiritual, tuvieron fuertes consecuencias políticas (concentrándose en ciertos países, como la propia España, el poder derivado de ellas) y artísticas.
Los distintos reyes y príncipes no dejaron de utilizarlas como una forma de propaganda política.

En todas ellas se describen unas fiestas a la usanza barroca, a medio camino entre lo religioso y lo profano, destinadas a romper la monotonía de la vida diaria con un despliegue de fantasía y de recursos lúdicos con los que se pretendía hacer participar al pueblo en la celebración, emocionando sus almas y halagando sus sentidos, proporcionándole además una evasión o una tregua en sus preocupaciones cotidianas. Ornamentos, luces, danzas y música, poemas y teatro, crearon un mundo espectacular y maravilloso que convirtió a la ciudad en digno marco de tan venturoso evento, en el cual las gentes pusieron de manifiesto su fervor religioso y, quizás en mayor medida, su deseo de diversión

Estas celebraciones, imbuidas por completo en el espíritu Barroco, que (como tantas veces comentara Maravall) consiguen desviar la atención de las masas populares de los problemas cotidianos y unir en su mente el triunfo religioso con el poder político.
Canonización de Santa Teresa

También el terreno artístico (y siguiendo a Mâle), la bula y fiesta de las canonización establecía, tanto por escrito como por medio de colgaduras y reposteros pintados, los principales milagros, visiones y éxtasis de los respectivos santos que servirán como repertorio básico para la creación de la su iconografía.
Canonización de San Isidro



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