sábado, 5 de diciembre de 2015

Un texto sobre el Sacco di Roma


... Recorriendo los mercados y las plazas, para ver cómo eran vendidos al mejor postor, en los burdeles, las monjas y los clérigos vestidos de mujer. Me uní a la banda de españoles que, poseída por la idea de que todavía debían quedar objetos de valor en las tumbas e iban de iglesia en iglesia levantando lápidas y hurgando debajo de ellas en la oscuridad. Estuve con los alemanes que vomitaban blasfemias, que —con reliquias y hostias clavadas en sus lanzas, —marchaban sobre el Vaticano, convertido en un cuartel gigantesco, para proclamar pontífice al hermano Martín Lutero. Estuve con los porteadores que tenían la orden de preparar la capilla Sixtina como establo para los caballos de sus jefes, y que, a falta de heno y paja, cubrieron los suelos con páginas arrancadas de la colección pontificia de manuscritos. Luego también estuve con las bandas que querían prender fuego o volar los palacios fuertemente defendidos. Vi cómo los españoles y los alemanes forzaron a sus compatriotas a entregarles los cientos de fugitivos civiles. Los prelados españoles fueron asesinados por los alemanes, mientras los españoles torturaron y robaron a los banqueros y a los comerciantes alemanes. Por la noche estallaron nuevas bacanales acompañadas de violentas peleas por la posesión del botín. 
En la oscuridad quise arrastrarme hasta el Tíber y luego intentar alejarme, nadando, de la ciudad. De nuevo inicié un recorrido fantasmal por un laberinto de calles y callejones llenos de cadáveres. 
¿De verdad se oían todavía en todas partes aquellos gemidos, o me lo imaginé en mi exaltación? 

Penetré en una casa destrozada, dejándome guiar por el clamor del lamento que creía escuchar, pero nunca encontré otra cosa que escombros, cadáveres y ratas que enseguida salían disparadas. Aquellos barrios formaban ahora una ciudad de muertos; estaban desiertos, porque ya no quedaba nada que robar. Tal vez otros se mantuvieran allí escondidos como yo. Tal vez esperaran muertos de miedo, en una lumbrera del sótano, detrás de una pared, hasta que mis pasos se hubieran alejado. En los grandes caminos que daban al ponte Sisto y en los muelles a lo largo del Tíber, los escuadrones españoles y napolitanos de Lannoy celebraban sus bacanales con vistas a Castel Sant'Angelo, pero fuera del alcance de la artillería que la guarnición papal disparaba de vez en cuando. Por encima del estruendo resonaban allí, como en cualquier otra parte de la ciudad, los chillidos y las risas de las fulanas, y las lamentaciones de los prisioneros torturados antes de ser canjeados por rescates. 

Paseaba por las callejuelas paralelas al Tíber, reducidas a la nada por los incendios, con la esperanza de encontraren alguna parte bajo el Trastevere un punto donde llegar inadvertido hasta el río. Me escondí cuando vi acercarse una luz y escuché pisadas de caballos. Una mula pasaba despacio, con dos jinetes: un lancero roncador, que tenía una mujer en los brazos. La mujer estaba más que medio desnuda. Tenía una mitra de obispo en la cabeza y una vela de cera encendida en la mano. Miraba la llama con una mirada vacía. Vi...



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