jueves, 7 de enero de 2016

Texto. La corrupción de la iglesia renacentista

Sin duda, Roma necesitaba de una reforma. El fraude, el hurto, la lascivia, la homosexualidad y la pedofilia estaban a la orden del día e incluso los cardenales se atrevían a pasear abiertamente por la ciudad acompañados por sus amantes favoritos vestidos con suntuosas ropas traídas de Oriente. Seis mil ochocientas prostitutas ejercían su comercio en la ciudad, con el consiguiente riesgo para la salud de los ciudadanos de Roma. La sífilis había llegado a convertirse en una auténtica epidemia, pues, tras llegar a Nápoles, se había extendido por toda la península hasta cruzar los Alpes con las tropas francesas. Los ciudadanos más ricos de Roma pagaban fortunas a los comerciantes de olivas para aliviar el dolor de sus pústulas, bañándose en inmensas tinajas de aceite. Después, ese mismo aceite era vendido en los comercios más selectos como «aceite virgen extra».
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Empezaré por las medidas relacionadas con los cardenales —continuó diciendo—. Hemos decidido que debemos privarnos de ciertos placeres terrenales. Debemos limitar el número de cenas en las que comamos carne, y las Sagradas Escrituras deberán ser leídas en cada comida. 
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El cardenal Grimani prosiguió proponiendo que se pusiera freno a la simonía y que se prohibiera el cambio de manos de cualquier propiedad de los cardenales que disponían de fortunas propias, debían limitarse los ingresos que obtuvieran de la Iglesia.
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—Ningún príncipe de la Iglesia dispondrá de más de ochenta criados y treinta caballos. Tampoco tendrá a su cargo juglares ni bufones ni malabaristas ni músicos —continuó diciendo Grimani—. Ningún príncipe de la Iglesia empleará a jóvenes como ayudas de cámara. Y, sea cual sea su jerarquía, todos los clérigos renunciarán a tener concubinas bajo pena de excomunión. 


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