jueves, 14 de abril de 2016

LA ÚLTIMA MORADA DE QUEVEDO. VILLANUEVA DE LOS INFANTES


Desde fuera el edificio es una gran caserón de ladrillo, en lo que era las afueras de la villa (Villanueva de los Infantes): el convento de dominicos.
Al entrar en él encontraremos una escalera perfecta para Quevedo, el mismo que dijo que, en su tiempo, las apariencias habían ganado ya la partida a la realidad (¡qué curioso, Quevedo ya era un verdadero posmoderno!)


Si subimos los escalones desgastados por el tiempo las apariencias desaparecen y queda la soledad de una celda vacía, con una gran mesa de madera, su tintero y su pluma.

Luego, en la segunda cámara, su camastro y un aroma a sabiduría ya trufada de estoicismo.

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Quevedo salió con la salud ya muy quebrantada de su presidio en León, y se encerró en sus posesiones de Torre de Juan Abad.
Poco a poco sus achaques fueron agravándose, decidiendo viajar a la cercana Villanueva de los Infantes en donde, entre los buenos amigos que allí poseía, se encontraba el boticario de la villa.

Vivió en casa del Correo mayor, su amigo el humanista Bartolomé Ximénez Patón, pero viendo su fin pronto se trasladó a esta celda del convento de os dominicos, en donde terminará muriendo el 8 de septiembre de 1645




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