martes, 2 de enero de 2018

Un texto sobre la Barcelona visigoda de Gala Placidia


Hacía ya unos meses que Ataulfo, Gala Placidia, y el hijo de ambos, el pequeño Teodosio, se hallaban en Barcino, en Hispania. La inestabilidad en Tolosa y Narbona, la falta de suministros y los movimientos de los generales romanos autoproclamados Emperadores, habían decidido al monarca visigodo a desplazar la Corte hacia el Sur. A pesar de llegar con su ejército, la entrada en la ciudad fue pacífica. Hacía años que los visigodos que ocupaban el Sur de la Galia, sobre todo los de Tolosa, comerciaban con los mercaderes de Barcino, por lo que era corriente que muchos visigodos vivieran en la ciudad. Al poco de llegar, Ataulfo edificó un Palacio en el barrio cercano al puerto, instaló allí la Corte y la residencia de su familia, y se nombró rey de Hispania, aunque no dominaba el Sur, ni el Oeste de la Península, que hacía tiempo estaban en manos de otros pueblos enemigos. Barcino era una ciudad romana amurallada y con dos calles principales: una en sentido longitudinal, la Decumana Máxima, orientada de montaña a mar, con puerta en cada extremo. La otra se conocía como la Cardo Máxima, que cruzaba transversal a la Decumana, más o menos por el centro de la ciudad, y que también tenía dos puertas. El resto de calles eran trazadas paralelas a las dos calzadas principales. En el centro de la ciudad se hallaba el Foro, justo en la confluencia de las dos calzadas y, próximos, los edificios importantes: justicia, templo y baños públicos. Alrededor de esta zona, las calles estrechas estaban llenas de tabernas y tiendas que vendían de todo. Comerciantes nacidos en otras partes del mundo traficaban los productos que buscaban los clientes en busca del mejor precio. De vez en cuando se alzaba una trifulca entre vendedores, por querer robarle el cliente al vecino.

(...)

Una de las termas que abundaban en la ciudad. Entre éstas y el consumo doméstico, gastaban el agua conducida través de dos acueductos: uno traía las aguas desde la montaña del Noreste y el otro llegaba desde el río que desembocaba en el mar, al Norte de la ciudad. Ambos se unían frente a la puerta Decumana del lado de la montaña. Desde allí el agua se repartía por conductos hacia casas señoriales, ínsulas miserables y edificios públicos. Como en toda ciudad romana, la necrópolis estaba situada en las afueras, tras las murallas.





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