lunes, 2 de julio de 2012

BIZANCIO. LA QUERELLA ICONOCLASTA


Durante la larguísima historia de Bizancio existieron numerosos disturbios y guerras civiles, pero ninguna llegó a tener la virulencia y consecuencias del periodo iconoclasta.
A ojos de un espectador actual, el tema nos puede resultar extraño: León III, el Isaurio, prohibió las imágenes, iniciando una destrucción masiva de las mismas (iconoclastia)  hasta que la emperatriz Irene retorna al culto a las imágenes (iconodulia) a través del Concilio de Nicea (aunque posteriormente a él, existirán nuevos rebrotes iconoclastas)
León III

Este tema eminentemente religioso desgarró Bizancio en guerras civiles. Veámoslo con un poco de detalles

En un principio la actitud iconoclasta era una actitud fundamentalista que retorna a los orígenes del cristianismo (que como su precedente, el judaísmo, tenía prohibido representar a la divinidad, tardándose varios siglos hasta que aparezcan imágenes, siendo tan sólo aceptados los símbolos y monogramas).
Existe también una cuestión de contagio (y acaso casi de superstición). El mundo musulmán, que había conquistado grandes zonas del Imperio Bizantino (Siria, Jerusalén...) era profundamente iconoclasta y pudo haber influido en la decisión del emperador en medio de grandes catástrofes (derrotas militares, terremoros...)

Conquistas islámicas

Por otra parte hay que entender lo que significaba la imagen en el mundo bizantino. Al contrario que en occidente, que siempre fueron ilustraciones puramente narrativas de los hechos religiosos, en Bizancio, la imagen (el icono) es algo más, es la propia divinidad, como demuestra los rituales que debía hacer el monje pintor de los mismos .
El Icono, es por tanto, un equivalente a las reliquias occidentales, verdadera esencia divina ante la que se reza en presencia de la divinidad (y se besa, se toca...) por lo que la tentación de idolatría está muy cercana.
Iconostasio bizantino

Pero aún podemos ver otra causa, mucho más económica, social y política.
Los grandes y más famosos iconos estaban en manos de los grandes monasterios. De su posesión (como ocurría en la Edad Media occidental) se derivaba poder (un control ideológico sobre el pueblo) y dinero, gracias alas limosnas dejadas por las muchedumbres.
De esto se derivaba que, prohibiendo las imágenes, se combatía también el creciente poder de los monasterios, una iglesia paralela y a menudo díscola frente al emperador y el resto de la jerarquía eclesiástica.



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