jueves, 3 de marzo de 2016

LA TRANSICIÓN. LA LEGALIZACIÓN DEL PARTIDO COMUNISTA


¿Quién hubiera podido prever que el cambio de la dictadura a la democracia en España no lo urdirían los partidos democráticos, sino los falangistas y los comunistas, enemigos irreconciliables de la democracia y enemigos irreconciliables entre sí durante tres años de guerra y cuarenta de posguerra? ¿Quién hubiera pronosticado que el secretario general del partido comunista en el exilio se erigiría en el aliado político más fiel del último secretario general del Movimiento, el partido único fascista? ¿Quién hubiera podido imaginar que Santiago Carrillo acabaría convertido en un valedor sin condiciones de Adolfo Suárez y en uno de sus últimos amigos y confidentes? Nadie



Fue éste uno de los momentos culminantes (y más peligrosos) de toda la transición. Una decisión atrevida, aunque inevitable.
Inevitable porque sin el Partido Comunista la apertura a la democracia era imposible, ya que significaba la Oposición al régimen franquista más organizada y era el símbolo máximo de la otra España, la que había perdido la Guerra Civil y había quedado borrada literalmente de la España franquista. Sin partido comunista no podía existir (al menos simbólicamente, como luego se demostró) una verdadera democracia.
Atrevida por lo que significaba este partido a los nostálgicos del franquismo, un verdadero demonio. Esto era especialmente importante dentro del ejército (muchos de sus altos mandos habían combatido en la Guerra Civil y habían partido con la División Azul contra el comunismo soviético).

Tanto el Rey como Suárez sabían que su legalización podría precipitar el golpe de estado que desde hacía tiempo sobrevolaba todas las cabezas.
Santiago Carrillo
Tomada de wikipedia

Para realizarla se utilizaron dos tácticas muy habituales en nuestra Transición: las conversaciones secretas seguidas de un golpe de efecto casi instantáneo que dejara poco margen de respuesta.
Curiosamente estas conversaciones las hicieron lo que debían ser dos políticos irreconciliables. Un antiguo falangista (Suárez) y el líder histórico del comunismo (Santiago Carrillo).
Las posiciones de ambos, sin embargo, llevaban años convergiendo sin saberlo. Suárez había renunciado al franquismo cuando apoyó al Rey en su desmantelamiento del Régimen mientras Santiago Carrillo se alejaba del mundo soviético con su famoso eurocomunismo (una izquierda no dependiente de Moscú que empezaba a aceptar numerosas cuestiones de la socialdemocracia).
Sobre estas bases se produjeron numerosos encuentros, primeros indirectos, luego personales, que llegaron a un acuerdo. El partido comunista sería legalizado a cambio de su aceptación de la monarquía y el olvido de su pasado republicano y anticapitalista.
Fijaros en la gran bandera constitucional

Un último acontecimiento actuó en favor de los cambios: el control del Partido Comunista en las silenciosas protestas contra los atentados de Atocha que ya vimos aquí
La operación se puso entonces en marcha (con detención incluida de Carrillo que pasó una semana en la cárcel para darle un respiro a la imagen del gobierno) y un 9 de abril, Sábado Santo, con media España de vacaciones, se realizó la legalización.
La democracia resultó así consolidada mientras el golpe de estado futuro cobraba también más apoyos



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