martes, 8 de marzo de 2016

PIETRO ARETINO. La sátira renacentista

 Los hombres como yo, únicos en su profesión, deben ser ajenos a las leyes

Pietro Aretino por Tiziano

Decía Burckhardt que una de las novedades del Renacimiento será la aparición de la sátira, la ironía, como una actividad plenamente humanística que vuelve del revés la realidad para encontrar sus costuras, comprendiéndola así de manera más completa. Era, además, una actividad plenamente subjetiva, típica del nuevo hombre del humanismo
Esta fue la actividad que practicó Bocaccio en su DecamerónErasmo en su Elogio a la Locura o fue uno de los rasgos más sobresalientes del carácter de Giordano Bruno en sus ácidas críticas al estamento eclesiástico.
Pero si alguien sobresalió en esta tarea hasta convertirla en una verdadera obra de arte fue Pietro Aretino.
Hijo natural de una cortesana romana, su vida transcurrirá entre el Vaticano y Venecia
Sus actividades son de lo más variadas: poeta, ensayista, astuto cortesano conocedor de todos los secretos romanos, amigo de Miguel Ángel o Tiziano (mucho más del segundo que del primero), látigo de reyes como Carlos V o Francisco I, pero sobre todo ser intrigante al que en muchas ocasiones se le paga por su silencio, pues sus palabras eran verdaderos puñales y podían destruir la reputación mejor fundada.


Siempre acompañado por el escándalo, fueron famosos sus sonetos vinculados a los grabados eróticos de Marcantonio Raimondi y Gulio Romano (I Modi) o la comedia de la Cortesana (sátira del famoso Cortesano de Castilglione)


Soy Pietro Aretino, desde hace poco caballero de Rodas, poeta, orador, panfletista, artista de loa y vituperio, satírico, escritor de vidas de santos, intermediario en la compra de obras de arte antiguas y modernas, hombre de confianza y corresponsal de personas importantes tanto dentro como fuera de Roma, para servirle. Mi nombre rima con Pasquino... ¿eso no le dice nada? También, con "divino". Una pequeña, pero significativa particularidad.

 (Una novela que lo retrata maravillosamente)


Sus numerosos escándalos romanos terminaron con una paliza y varias cuchilladas que le deformaron el rostro cometidos por un grupo de rufianes (aunque no sabemos encargados por quien, pues eran demasiados sus enemigos).
Fue entonces cuando marchó hacia Venecia, moderando en parte sus críticas y trabajando para los grandes comerciantes de la laguna como cortesano exquisito, sosteniendo una intensa amistad con Tiziano para el que actuó como un verdadero conseguidor y marchante en sus relaciones con nobles y reyes (La Cortesana de Dunant es otra excelente novela que lo retrata en esta segunda parte de su vida)
Esto le debió reportar excelentes recompensas pues cuando murió (fruto de una apoplejía parece ser que causada por un ataque de risa), dejando una herencia de más de un millón de florines de oro.



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