sábado, 8 de julio de 2023

EL LIBRO DEL SÁBADO. Alana Portero. La mala costumbre

¿Me ha gustado?

A ratos, a fragmentos.

Me han maravillado las descripciones de San Blas, pues todos nosotros vivíamos en el territorio fronterizo de la Cruz de los Caídos (sí, de los Caídos, aunque eso habrá que contarlo otro día). Vivíamos entre los pijos de Ciudad Lineal y el mundo oscuro del San Blas de los 70 y ochenta, viendo pasar las caravanas de yonkis por delante de nuestro parque, antes de que hicieran la línea 7.

Me he vuelto a sentir en casa (la de mi adolescencia) con los enfermos mentales encerrados en las casa, los pisos sin servicios públicos, el maltrato doméstico sin consecuencias, el compromiso obrero, la visión dura de los maricones y los travestis, la prostitución casera... (Enfrente de la casa de Luis vivía un homosexual que a casi todo el mundo caía bien pues era un señor, sin rastro de pluma y amantísimo de su madre. No era una loca, muy discreto con su pareja. Y muy educado).

Son pequeñas escenas que muestran un tiempo y una manera de pensar que ya es historia (una parte de nuestra historia desde la que hemos tenido que evolucionar, tanto emocional como tecnológicamente)

También me ha interesado la visión infantil de la disforia, el no encajar, el tamaño del armario y sus duras puertas, casi de plomo, pero de pronto me he encontrado con una novela de tesis, con personajes como arquetipos que explican los conceptos (como la bruja, la travesti, el maltratador, la prostituta, el primer chico...)
Me ha gustado saber de la doble adolescencia de la protagonista, que tienen que luchar para salir de la infancia con miedos multiplicados (por el que dirán, por ser la diferente...), buscando modelos como Madonna, pósteres como héroes particulares y películas propias que siempre son menores que para los cis. Una época de búsquedas para encontrarse, igual que la de un tímido.
Frente a esta adolescencia como construcción de uno siguiendo sus instintos y necesidades, cada vez me ha gustado menos su juventud, su historias entre Chueca y Malasaña. Marginalidades cada vez más extremas hasta la última y definitiva en donde la protagonista continua construyéndose pero el lector (buueno, yo), cada vez se aleja más pues me resulta difícil empatizar (acaso por ese rojipardismo del que siempre me habla Ciprián, quien sabe).
Lo que sí me ha servido mucho es el pensar en qué es realmente una mujer a través de esta viajera entre géneros que busca lo que a mi me vino de serie, y en ese búsqueda hay encuentros fascinantes.



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