Entre los múltiples episodios de la vida de Cervantes este es uno de mis favoritos, acaso por ser el más oscuro y menos aclarado.
Con ya 40 años (1587) y sin una forma clara de ganarse la vida, Miguel decidió aceptar un cargo bastante poco apetecible, el de recaudador de impuestos para la armada Invencible.
Como comisario real de abastos debía recorrer la zona de Andalucía recogiendo (más bien requisando) provisiones (trigo, cebada y aceite) para las flotas hispanas. Pasó así 6 años de su vida, para convertirse después en recaudador de tasas atrasadas en el el Reino de Granada
Acompañado por el maestro bizcochero Juan Sáenz de la Torre, recorrió así numerosos pueblos andaluces: Paradas (1588), Carmona (1588 y 1590), Utrera (1592), Arahal (1592) y Marchena (1588, 1590 y 1592) Osuna, Morón y Villamartín (Cádiz), Motril, Ronda, Vélez Málaga .
Ambos empleos eran ingratos, pues ocasionaban numerosos odios y venganzas (fue excomulgado por el Vicario General de Sevilla o detenido por el corregidor de Écija) y animadversión de los vecinos (que siempre intentaban esconder parte de las cosechas que siempre se pagaban con mucho retraso).
Debía, además, de ocuparse de las mercancías que estaban bajo su responsabilidad hasta la finalización de la comisión, anticipando los gastos de alojamiento, comida o alquiler de almacenes para luego cobrar tarde y, a veces, mal.
Pese a todo, quizás esta sea la etapa la más boyante del escritor en la que se dio el lujo de comprar libros de buena factura, aunque breve, pues probablemente su afición al juego terminaría por dar al traste con sus ganancias y, como muy pronto veremos, llevarle unos meses a la cárcel
Estos años fueron viajeros, en posadas, pleiteando y fatigando argumentos con unos y con otros, una verdadera universidad de astucias, una academia de trucos, lágrimas, risas, engaños, vinos, cantos, refranes, usos y maulas
Trapiello. Las vidas de Miguel de Cervantes









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