lunes, 16 de noviembre de 2015

LA MÍSTICA HISPANA DEL SIGLO XVI (1). LAS CAUSAS

La mística: Anticipación de la unión beatífica con Dios, sólo alcanzable normalmente en la otra vida. Las prácticas ascéticas son el camino obligado para llegar a esta unión beatífica con Dios.
                            Justo Fernández López
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Durante el confuso mundo religioso de la Península Ibérica en el siglo XVI se produjo un extraordinario florecimiento de la mística, tanto como práctica religiosa como expresión literaria y artística.

Las causas de este insospechado brote son aún motivo de controversia, y nosotros tan sólo intentaremos enumerar alguna de ellas que puedan servir para establecer un panorama general.
Existe una idea (hoy predominante) de vincular la mística hispana (inexistente durante la baja Edad Media) con el gran desarrollo de la mística centroeuropea (Eckart, Taulero, Suso, el flamenco Ruysbroeck, Gerson, y Tomás de Kempis) a la que el ámbito español se vincula con el Imperio de Carlos V.
Frente  a  ella,  se  ha  venido  defendiendo desde antiguo, la influencia  árabe.  Asin Palacios o Vernet  han  buscado  los orígenes  de  nuestra  mística  en  el sufismo islámico (Hamz e Ibn Arabí en especial), transmitida  a  través  de  las  obras de Lulio que prendería  especialmente  en  los  cristianos  nuevos con raíces islámicas  o judaicas (la propia Santa Teresa).

San Pedro de Alcántara. Pedro de Mena

Junto  a  ello  hay  una serie de condicionantes históricos y sociológicos que permiten este florecimiento
Fernando de la Flor habla de la mística como una oposición radical al tiempo y la historia que renuncia a la realidad en busca de la nada. Es, en suma, una actitud de renuncia ante un mundo (el imperio) que está comenzando (aún levemente) en crisis. Una renuncia que quería ser un olvido de una sociedad incapaz de adaptarse a la nueva revolución científica y económica que empezará a germinar en el norte de Europa.

Subida al Monte Carmelo

Existen, además, una serie de reacciones que, a la vez, también incitan el pensamiento místico.
El propio humanismo (ya en plena decadencia en el momento más activo del misticismo) había sido una época de paganización ante el cual reaccionarán algunas personas que querían volver a una explicación religiosa del mundo y la persona (antroprocentrismo vs misticismo que niega al hombre frente a lo divino)
Paradójicamente, algunos rasgos del propio humanismo renacentista fueron catalizadores del misticismo: la importancia de la subjetividad, la oración interior alejada de ritos y el desprestigio de las instituciones religiosas tradicionales (Erasmo, Giordano Bruno), el propio método científico y los avances filológicos que serán reutilizados en el camino místico (Santa Teresa y San Juan utilizarán en sus grandes obras)...
De la misma manera actuará la Contrarreforma. Su normativización de la vida, dominada por la estructura jerárquica, controlará hasta las más mínimos aspectos de la vida, será un acicate contra el que rebelarse, buscando un camino individual y propio frente a todo el nuevo entramado nacido de Trento.
Por otra parte, el ambiente de la Contrarreforma, que volvió a poner lo religioso como tema central de la sociedad, permitió hacer aflorar nuevas vías religiosas en este momento de exaltación de lo espiritual


San Juan de la Cruz por Gregorio Fernández

El alma española va a volverse hacia dentro. Incapaz, al iniciarse la crisis del humanismo, de ir más lejos en el terreno de la acción y de entrar en las vías del racionalismo moderno europeo, siente el español la necesidad de renunciar a la posesión de lo fugitivo (iniciándose así el primer rasgo del Barroco español: el desengaño ante lo fugitivo y pasajero). El español se dispone a conquistar solamente su propia alma, aceptando como única explicación intelectual de la vida la doctrina católica: “¿qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?”). Todo lo que aún le queda al español de dinamismo y voluntad combativa, lo va a aplicar a la defensa de esa doctrina con la espada y la letra. La literatura mística es la expresión cimera de este estado colectivo.
                                Justo Fernández López



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