viernes, 20 de diciembre de 2013

IBN MUTAMID E IBAN AMMAR. La taifa de Sevilla. Poesía, amistad y desengaño final



La Taifa sevillana destacó especialmente por su mecenazgo hacia poesía (igual que la toledana a la ciencia o la jardinería), y si tuvo un momento dorado fue en tiempos de Mutamid, el tercer monarca (1069-1091), hijo de al Mutadid.
Aún siendo gobernador de Silves (Portugal) conoció al que sería su alma gemela hasta la traición, Ibn Ammar, un personaje de oscuros orígenes, gran poeta y visir del rey durante gran parte de su vida.


Cuantas noches pasé allí, en el remanso del río
en amoroso juego con la del brazalete curvo como meandro!
Se quitaba la túnica del tierno talle
y era como un capullo que se encendía en flor;
la noche pasaba escanciándome de su mirada,
o de su copa o de su boca;
tañía las cuerdas de su laúd, y era como si oyese
los tendones de los cuellos al ser cortados.

Ibn Ammar (sobre Silves)
.
La relación entre Mutamid y Ammar fue sumamente intensa, y en ella se entremezcló la política, las fiestas interminables, el culto a los sentidos y la poesía. 

EL COPERO LA COPA Y EL VINO.

Apareció, exhalando aromas de sándalo,
al doblar la cintura por el esbelto talle,
¡Cuántas veces me sirvió, aquella oscura noche,
en agua cristalizada, rosas líquidas!


Incluso tras su traición, el visir y el rey siguieron comunicándose a través de poemas llenos de claves privadas que sólo ellos conocían.
Juntos tomaron Córdoba frente al Toledo de Al Mamum , intentaron la empresa fracasada de Málaga o planificaron la toma de Murcia, de la que se apropió Ibn Ammar hasta su expulsión.


Sin embargo, la felicidad nunca puede ser completa, y entre ambos amigos interfirió una tercera persona, Itimad (Rumayida, esclava y, de nuevo, gran poeta), primera esposa del rey Mutamid que siempre odió a Ammar y se interpuso entre ellos.


Quien sabe si por ambición, o convencido por Itimad nunca conseguiría el apoyo total de su monarca, Ibn Ammar terminó traicionando a su amigo y, tras la conquista de Murcia (hecha con tropas sevillanas) se erigió en verdadero reyezuelo de la taifa mediterránea hasta que una revuelta interna (apoyada por Valencia) le quitó del poder.
Desde entonces, Ibm Ammar siguió una vida errante y verdaderamente novelesca. Pasó por Lérida y después por Zaragoza (controladas por los hijos de Mutaquid tras su muerte), viviendo en la Aljafería y conociendo al entonces mercenario Rodrigo de Vivar (El Cid), siempre acompañado por la melancolía de lo que había perdido.


¿Quién ha visto el sol en mitad de la negra noche, sino nosotros?
Pasábamos la noche sin que el delator apareciese,
como si estuviéramos escondidos en el pecho de un hombre discreto.
Aquello era vida y no lo que sufro hoy,
recorriendo las pobladas fronteras que parecen desiertos,
en compañía de gentes cuyo carácter no ha sido educado
por el contacto con el literato, ni con la familiaridad del sabio;

forajidos que vagan por el desierto y visten pieles de serpiente;
compartimos una mesa, donde las flores son las espadas
y las vainas son sus cálices

Ibm Ammar desde su destierro en Zaragoza
.
Estando a servicio de la taifa de Zaragoza intentó la recuperación de la ciudad de Segura, pero en la embajada fue tomado como prisionero y vendido después a su antiguo amigo, Mutamid.
Éste le mantuvo meses encarcelado y, cuando parecía que iba a perdonarle, le terminó matando con sus propias manos.


De aquellos tiempos poco queda en la Sevilla actual, totalmente reformada por los almohades. Gran parte de su vida transcurrió en su palacio (los antiguos Alcázares Reales). En ellos hizo construir al Mutamid al-Turayyá, la “Sala de las Pléyades” (acaso donde hoy se alza el Salón de los embajadores) para estudiar las constelaciones que se veían a través de su techo abierto. Sala de recepciones y reuniones del poder de la que sólo nos quedan, una vez más, poemas:
    
              
Su techo arroja olas en el mar,

que son alcores y colinas;
quien tiene inteligencia se asusta,
pues le parece que el mar es de fluyente aire;
no faltan cometas que no corran,
ni sol que no ilumine, ni media luna;
el bello atrio tiene un techo de luz
cuyas formas parecen sortijas;
su decoración es como un bordado
en el que aparecen figuras imaginarias
y no te parece sino que el aire es un jardín
y que el techo es, de la misma forma, un espejismo;
compruebas que el fuego es una columna
y que su esencia es el agua;
te parece que su solidez fluye
y que su humedad arde;
cada figura está viva y, al mismo tiempo, inerte.
Se distingue belleza y coquetería;
tiene acción, pero no tiene movimiento,
se puede comprender, pero no dice palabra;
un maravilloso elefante vierte agua como una espada
y no se queja jamás de tedio;
es como si estuviese enfadado con los otros animales
y no levantase su testuz ante su vista;

magnánimo, ha legado al patio los arrayanes
que otrora plantaron los hombres.

Ibn Wahbūn de Murcia (1039-1090)

Todos los poemas tomados de

Para saber más

Una fantástica novela histórica que recrea la sofisticación, exquisitez, la impiedad y los amores y traiciones de la taifa de Sevilla

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