Treinta y tantas horas han transcurrido desde que la noticia se hizo pública y ya se han podido observar al menos tres tipos de reacciones.
Por parte de los partidos mayoritarios y una parte de la población la noticia de la abdicación del rey y el futuro ascenso del principe Felipe al trono ha sido considerada dentro de la normalidad institucional. Esta misma mañana un Consejo de Ministros extraordinario ha hecho la ley orgánica (con casi 40 años de retraso) que desarrollaba el artículo de la Constitución sobre la sucesión en el trono
Una segunda tendencia, en el lado contrario, ha utilizado el anuncio de la abdicación para pedir un referéndum sobre la monarquía y la posibilidad de la Tercera República. Izquierda Unida, Podemos o las manifestaciones en algunas ciudades son un reflejo de esta tendencia, que en ocasiones puede ser considerada como algo especialmente emocional.
Otra tercera opción (minoritaria pero no por ello menos interesante) es la de utilizar el hecho como el inicio de un periodo de reflexión y reforma. Si, simbólicamente, Suárez y el rey Juan Carlos, representaban la transición, la muerte del primero y la abdicación del segundo bien podría indicar el momento de parar, analizar y proponer nuevas alternativas.
Esto, evidentemente, debería pasar por nuestra ley máxima, la Constitución, que tanto nos ha servido pero que también ha mostrado sus lagunas (problema nacionalista, impunidad ante la corrupción, sistema electoral...).
Y no se trata sólo de amistad. Un doctor en historia con su capacidad de análisis es difícil de encontrar, y su opinión debe valorarse por sus conocimientos.
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