sábado, 16 de marzo de 2013

El libro del sábado, EL ASESINO DE LA REGAÑÁ.


Una divertida novela negra que hará las delicias de los buenos conocedores de Sevilla.
Bajo los curiosos asesinatos de una "secta" tradicionalista que mata a sus víctimas con sevillanas maneras, el autor nos plantea la doble alma que divide a Sevilla entre la tradición y la modernidad
Y es que, parafraseando a Blas Infante, Andalucía tiene más de idiosincrasia que de puro nacionalismo. Son las costumbres, la forma de ver, sentir y medir los tiempos y las categorías, los ritos y los apegos..; todo un amplio código de emociones y comportamientos en los que el turista ocasional sólo sabrá ver el puro folclore: eso es verdaderamente Andalucía.
Estas fórmulas se cristalizan, en el caso sevillano, en una forma de entender y vivir su propia ciudad, su capacidad de convertirse en escenario de unas fiestas que, bajo los ropajes más anecdóticos, encierran formas de expresar sentimientos, filias y fobias, relaciones sociales... sumamente complejas.

Por ello, para un sevillano, la Feria (a la que dedica la segunda entrega de la trilogía, El Crimen del Palodú) o la Semana Santa (entre otras tantas ocasiones) son algo mucho más complejo y rico de una pura festividad y se encuentran plagadas de multitud de códigos no escritos que han de respetarse para realmente comenzar a entender.
De la misma forma, cada rincón de la ciudad, las comidas, los gestos, los vestidos... actúan como códigos secretos en donde los sevillanos se reconocen, y cualquier cambio en ellos supone verdaderas conmociones (aunque curiosamente rápidamente asimiladas por la ciudad, como tantas veces se ve en la Semana Santa, uno de los grandes bastiones de este tradicionalismo, en donde cada novedad es criticada para, pasado el tiempo, ser adoptada como un nuevo canon, como tantas veces ha demostrado Isidoro Moreno)

Ante todo esto, no nos puede extrañar este conflicto entre la Sevilla Eterna (que nunca lo es tanto; en lo mejor de los casos puramente decimonónico, como lo es la tradicional Feria) y las novedades (desde la cocina de fusión, los toros, la nueva arquitectura de las Setas de la Encarnación o la Torre Pelli...) que la novela, entre lo macabro y lo irónico desarrolla de forma magistral, tanto en los aspectos más sevillanistas como en la incomprensión casi patética del extraño que cree comprender y nada entiende.

"Ese es el problema, es casi imposible penetrar. La gente, que parece muy abierta de primeras, luego se cierran torno a los suyos (...)


Una oportunidad, por tanto, para empezar a comprender en alguna de sus complejidades, la múltiple alma sevillana, enamorada de su ciudad pues, en el fondo, es la proyección de ellos mismos.  


    
    


La novela es todo un catálogo de personalidades "sevillanísimas" como Antonio de Burgos, Lopera, Falete, o los Morancos que entremezclan con la Sevilla eterna (desde el Rocío, la Macarena o la picareca) mientras nos enseña alguna de las tabernas más tradicionales de la ciudad (Blanco Cerrillo, el Tremendo, Ovidio, los Azahares, Casa Robles...).

Ya tenéis aquí comentada la segunda entrega de la trilogía: El Crimen del Palodú


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