Hace muchísimos años (adolescente) leí este libro al que he vuelto ahora.
Tenía de él algunas imágenes (como la de la cabeza del cerdo clavada en medio de la selva y cubierta de moscas o la casi mágica caracola), un personaje (Piggy, con el que tantas cosas me identificaba) y algunas escenas (como el incendio del bosque tropical)
Tenía, además del recuerdo de una violencia extrema, el de una incomodidad casi física que se producía al leerla, una angustia que (ahora lo sé) era la del propio adolescente que está empezando a comprender todos los múltiples y sutiles mecanismos sociales que generan los distintos tipos de liderazgos, el papel de cada uno de los miembros en el grupo y las luchas intestinas por ser alguien relevante en la comunidad sin por ello perder tu propia esencia (sin verderse, decíamos, presa como éramos del neoliberlismo triunfante de los 80).
Y es que la adolescencia es una larga playa en donde te gustaría cazar (ser el héroe) aunque sabes que lo fundamental es mantener el fuego encendido para que te pudieran encontrar y rescatar.
Un lugar en donde se cometen errores y se quema el bosque o se "mata" al compañero al no creerlo por algún momento necesario para las nuevas máscaras que estrenas cada día.
Quizás sean todas estas cosas (y su capacidad de generar símbolos como el de la caracola vinculado a las asamblea, la de la cabeza del cerdo como la visualización de todos los horrores internos, las gafas como forma de civilización...) las que ve Ciprián en esta novela que, cada año, recomienda a sus alumnos adolescentes que se encuentran enganchados a Lost.


























