martes, 11 de marzo de 2014

LAS MULTIPLICIDAD DE CAUSAS DE LOS FASCISMO DE ENTREGUERRAS

La sociedad que surgió tras la I Guerra Mundial distaba mucho de los modelos decimonónicos que se habían mantenido con mayores o menores cambios hasta 1914. De hecho, algunos rasgos de la modernidad aparecerán ahora, siendo clave su conocimiento para comprender la emergencia del fascismo. 

         En el plano económico la consolidación de la Segunda Revolución Industrial hace que la economía empiece su terciarización, renovándose el éxodo rural que reforzó la capa del proletariado urbano, que podía utilizarse como amenaza revolucionaria o integrarla a los fenómenos de masas fascistas.
  En las capas medias las potentes inflaciones de posguerra (de las que ya hablábamos aquí) irán socavando los ahorros de comerciantes y artesanos, proletarizándose una parte de la clase media que acudirá al fascismo como una solución frente al liberalismo que les empobrece. Frente a ellos irá surgiendo una nueva clase emergente (cuello blanco, empresarios e intermediarios) que justificaría las interpretaciones de fascismo como dictadura de las clases medias .

       La evolución económica posterior (con el Crac del 29 y la posterior Gran Depresión) generó el descontento social en amplias capas de la población, aumentando el peligro rojo (la revolución bolchevique) que actuó con acicate a la unión de la derecha y la huida masiva de la clase media hacia posturas fascistas

    Guerra y cadáveres, la última esperanza de los ricos

 Socialmente aparece un fenómeno radicalmente moderno, la sociedad de masas. Como ya intuía Ortega y Gasset en 1930 (Rebelión de las masas), su emergencia era un acontecimiento novedoso, muy distinto de la plebe o muchedumbre anterior. Sus nuevos hábitos iniciarán (primero en EE UU en los Felices 20, luego en Europa) el germen de nuestra actual sociedad de consumo. Para algunos intelectuales elitistas (Ortega entre ellos, Weber), esta nueva masa y su democratización de las costumbres y la cultura, eran rasgos negativos o al menos preocupantes, de los que se intentarán desmarcar a través de formas nuevas de cultura, cada vez más elitistas y tendentes al caudillaje (a diferencia del antiguo Régimen, estos nuevos totalitarismo se harán en nombre de una mayoría)

          El principal escenario de estas masas será la metrópolis que tanto fascinaría a los artistas (Futuristas, Kirchner, Fritz Lang, Grosz) y pensadores (Benjamín, Weber).
    Políticamente, el periodo asistió a una crisis del liberalismo clásico, en esencia elitista, que evolucionará entre crisis a modelos democráticos o totalitarios.
 Su base social, al ampliarse a la masa, sufre convulsiones tanto socialistas como fascistas que ponían en peligro a los partidos tradicionales, generalmente vinculados a la burguesía. 
          Ante este fenómeno las instituciones son a menudo incapaces de adaptarse a las nuevas circunstancias, apareciendo el corporativismo, consistente en el desplazamiento del principal poder de decisión de los parlamentos a las fuerzas organizadas (sindicatos, organizaciones patronales, ligas de intereses o lobbys), lo cual engendró una cantidad de conflictos y volvió aún más endebles los regímenes políticos, sobre todo en aquellos países donde eran novedosos o tenían una gran pluralidad étnica o cultural, hecho especialmente relevante en centroeuropa.


    Históricamente, la I Guerra Mundial y los tratados de paz que se sucedieron a su conclusión dejaron más problemas de los que los que solucionaron, sirviendo en muchas ocasiones como excusa para la emergencia de los gobiernos totalitarios (territorios irredentos en Italia, humillación de Versalles en Alemania, especialmente las duras sanciones a Alemania sobre las que avisó de su peligro Keynes, división de países y fronteras artificiales). 



 El final de la guerra Mundial sirvió también para que retornaran los excombatientes con una peculiar psicología (habituados a recibir órdenes, orgullosos de sus condecoraciones, poco valorado socialmente tras sus sacrificios) que servirían como principal fuerza en el escuadrismo fascista. Como afirmaba Jünger en Tempestades de acero, la guerra había desestabilizado todas nuestras ideas y comportamientos creando un deseo abrumador de matar, una brutalización de la vida y una exacerbación del nacionalismo y los componentes irracionales que subyacen bajo su culto a la violencia. (Aquí puedes leer un texto realmente interesante para comprender esta idea)







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