jueves, 23 de diciembre de 2010

PERFUMANDO EL SIGLO DE ORO

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Como ya hablamos en otra ocasión, la higiene no era el verdadero fuerte del siglo de Oro. A los excremento de caballos o los perros muertos había que añadir la famosa agua va o el escasísimo aseo de los españoles.

Evidentemente el Siglo de Oro era… poco adecuado para narices sensibles.

Para evitar (o empeorar) la situación, era muy habitual que las mujeres de clase alta se cubrieran de perfumes, a menudo de una manera un tanto peculiar. Fijaros en lo que cuenta una viajera por la España del XVII

Una de sus doncellas la perfumó luego desde los pies a la cabeza con excelentes pastillas; otra la roció con agua de azahar, tomada sorbo a sorbo, y con los dientes cerrados, impelida en tenues gotas para refrescar el cuerpo de su señora. Díjome que nada estropeaba tanto los dientes como esta manera de rociar; pero que así el agua olía mucho mejor, lo cual dudo, y me parece muy desagradable que una vieja, como la que cumplía tal empleo, arroje a la cara de una dama el agua que tiene en la boca

Baronesa d"Aulnoy, Viaje a España, 1679

Era también habitual que muchas damas salieran a la calle con un pañuelo que les cubría la nariz, empapado en perfume, o tomaban pastillas para tener un aliento agradable (bastante difícil ante la nula higiene bucal que existía)

También en las iglesias existía este problema y para ello nada mejor que el tradicional incienso que, además de ocultar los olores más fuertes, tenía una función desinfectante

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