martes, 21 de diciembre de 2010

SOBRE MAQUILLAJE, GOLONDRINAS, BARROS Y GAFAS SIN CRISTALES EN EL SIGLO DE ORO

Mazo. Duquesa de Híjar
Frente nuestra actual fascinación por tener un buen bronceado, en gran parte de la historia estar moreno era sinónimo de ser campesino o pobre (que en realidad era lo mismo). Sólo aquel desocupado y protegido del aire libre tenía una piel blanca, y era por ello que la palidez estuviera de moda.
Para conseguir este tono se utilizaban todo tipos de afeites (entre ellos los afamados polvos de arroz o el solimán) e incluso era habitual comer barro para producir la opilación

Velázquez
Junto a ello, y con un recurso visual de larga tradición, se utilizaba los toques de maquillaje rojo para que, por contraste, resaltara la lividez de su rostro, tal y como lo podéis ver en este texto o en la foto que abre el artículo.
No puedo resistir el deseo de apuntar una moda extraña: todas las señoras abusan tanto del colorete que se lo dan sin reparo desde la parte inferior del ojo hasta la barbilla y las orejas, prodigándolo también con exceso en el escote y hasta en las manos, nunca vi cangrejos cocidos de más hermoso color
Baronesa d"Aulnoy, Viaje a España, 1679
Junto a todo esto era habitual abrillantar los labios (que se preferían pequeños) con ceras
Además de las joyas, era habitual adornar el pelo (con media melena) con pequeños lazos o golondrinas también de color rojo

Velázquez. Mariana de Austria
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Por cierto, ¿sabéis que en el XVII, tal vez por influencia de Quevedo, se puso de moda entre las mujeres de clase elevada llevar anteojos – la mayoría de las veces sin cristales - para dar un toque de intelectualidad?


Al entrar en el gabinete de la princesa de Monteleón extrañóme ver que algunas damas, jóvenes aún, llevaban sobre la nariz, y apoyados por detrás de las orejas, grandes anteojos, y lo que más me sorprendió fue advertir que ninguna de aquellas damas hacía cosa para lo cual pudiera serle necesarios los anteojos, pues todas hablaban sin aplicarse a labor alguna y sin quitárselos. Me hostigó la curiosidad, y pregunté a la marquesa de la Rosa, con quien he trabado amistad, a qué obedecía lucir sin necesitarlo aquel aparato de momento inútil. Es la marquesa de la Rosa una brillante dama que conoce bien la sociedad en que vive, aun cuando nació en Nápoles, y tiene mucho y muy delicado ingenio; le causó risa mi pregunta, y me respondió que como los anteojos daban cierto aire de gravedad, no se los ponían las españolas para distinguir mejor los objetos a través de los cristales, sino para inspirar respeto
Baronesa d"Aulnoy, Viaje a España, 1679

Y ahora, una vez más, puedes volver a ver Las Meninas y seguro que verás muchas más cosas de ellas.

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