Atila picó de espuelas
su raudo potro siniestro;
sobre los campos de España
la sal del odio vertieron,
porque no dieran más pan
que el pan de su privilegio.
Se desbordaron de sangre
el Guadalquivir y el Ebro;
torrentes rojos teñían
montes,
collados y oteros;
y a la luna subió el grito
de guerra del pueblo ibero.
Poeta ultraísta, miembro de la CNT, feminista, activista, lesbiana y, sobre todo poeta.
Quizás sea este el libro más intenso que nunca escribió en donde habla del principio de la guerra civil, de Madrid bajo las bombas, de Durrutti, de mujeres ante todo que sufren las balas y el hambre.
Cruzan veloces las calles
campanas precipitadas,
sirenas agudas gritan
en la noche ciudadana
y contra un terror obscuro
los sueños rompen sus alas.
Debajo de las estrellas
los negros aviones cantan,
serpientes de traición silban
que hasta a la muerte acobardan.
La cuna que acuna al niño
no por ser cuna se salva;
y crujiendo en sus raíces,
muda de terror,
la casa
alarga sus escaleras
y hace más honda su entraña.
¡Contra el cielo ennegrecido,
pegan su lengua las llamas!
Su poesía es inmediata, no necesita reposo, y aún con las más sofisticadas metáforas, avanza sin pausa contra un viento imaginario.
Es la compañera intensa de Carmen Conde en su Mientras los hombres mueren. Su prosa la de los desastres más íntimos de una guerra en donde se puede seguir pensando en Ucrania o Palestina
19 de julio
La vida se paró en seco
—fue en el tiempo de la siega—;
la canción del labio mozo
se trocó en dura blasfemia
y la hoz dejó en el surco
una interrogante abierta.
La vida se paró en seco
en la ciudad y en la aldea;
se enfrió el horno del pan
y sobre el trigo la muela
se inmovilizó de pronto
sin acabar la tarea.
¡Descansó el macho en el yunque
con un apagón de estrellas!
Un poema bellísimo
Beatrice
ÍNDICES DE LECTURAS