De nuevo Jason y sus perros, gatos, pájaros de semblante impasible, terriblemente silenciosos (casi como una película muda en la que, por lo demás, está prohibido gesticular) que crean unas sensaciones muy particulares en el lector (al menos yo nunca sé si me gusta o no pero soy incapaz de dejarlos hasta la última página, llevada en volandas como una música dodecafónica que desprecia al espectador y nunca tendrá ningún consuelo para él, pero lo hipnotiza)
Con este juego tan peculiar, Jason nos presenta tres historia cortas que tienen muy pocas palabras pero en las que hay constantes guiños al mundo del cine clásico (desde los zombis, al amor o el terror). Historias descarnadas, dejadas en su síntesis última, en donde (como al fondo de un largo túnel) nos vemos a nosotros mismos, a nuestros miedos y nuestros deseos.
















































