Laura dice que se encuentra a la altura de Maus o de Persépolis, y es muy probable, como también que algún día lo tendremos que poner como libro de lectura en los cursos de Bachillerato.
Con un dibujo en principio muy sencillo (aunque con algunas proezas espectaculares que el lector tendrá oportunidad de encontrarse en algunos momentos culminantes de la historia) la historia que nos narra es terrible, la de las casas de consuelo (léase prostitución) que controlaban los japoneses sobre territorio chino durante la Segunda Guerra Mundial.
Las miserias que pasan esas crías es algo terrible, aunque (todavía más triste) el origen de sus males está en otros problemas más profundos. La protagonista (que es coreana) es vendida a un matrimonio porque sus padres no pueden sostener a toda la familia, y a la casa que llega empleada como esclava doméstica y finalmente revendida a uno de los dueños de estas casas de prostitución.
Se unen así hambre, un reparto absolutamente injusto de la guerra, guerra, conquista y violencias sexuales.
Toda la trama se articula a través de la conversación de una anciana víctima a la que una nueva generación pregunta e intenta comprender, intentando desvelar el pasado para exorcizarlo.
(Pese a todo lo dicho, la novela está contada y dibujada de una forma tan exquisita que consigue escapar de la vulgaridad y el asco que produce todo esta tortura)




