Las murallas de Ferrara (más de 9 km) son una de las defensas más imponentes del Renacimiento.
Las más antiguas se establecen con una pequeño muro acompañado de un pequeño talud.
Sin embargo, la entrada de los franceses en el siglo XV (con fuerte artillería) hizo inservibles estos tipos de fortificación, apareciendo la llamada traza italiana.
En ella las murallas se vuelven más bajas y anchas y se utilizan materiales como el ladrillo o la arena que absorbían mejor los impactos de los proyectiles.
Por otra parte se comenzaron a excavar grandes zanjas que impidieran asalto y uso de explosivos (a veces inundadas, en ferrara utilizando el propio río Po), utilizando la tierra para crear una doble rampa en torno a la muralla (glacis) que aumentaban su capacidad de resistir las balas de cañón (al incidir sobre ellos de una forma oblícua) y dar más consistencia a las zonas bajas (las más afectadas por el fuego enemigo por su debilidad)
El sistema se completaba con la aparición de bastiones angulares que permitían un mayor ángulo de fuego (al barrer en paralelo a la fortificación), protegiendo las piezas bajo casamatas (con fuertes bóvedas) y troneras.
Estos bastiones se podían organizar en forma estrellada para dar mayor consistencia a la defensa













