Siempre le gustó ir en coche, en silencio, escuchando música, y hoy todas las canciones son suyas; cuentan solo una historia. El resto de telespectadores del programa radiofónico nada entienden de esas letras.
La novela es un gran puñetazo en el estómago
Una obra dura, a menudo cruel, a veces salvaje, o trágica, o tragicómica, o simplemente real.
El debut literario de Aixa de la Cruz (con sólo 19 años) fue realmente apoteósico. Cuenta la simple y terrible historia por completo disfuncional, llena de problemas mentales que llevan al suicidio o la depresión de chicos deteriorados por la falta de cariño, adolescentes que se embarcan en las drogas, al alcohol y el sexo sin ningún control, rompiendo por completo sus posibilidades de futuro, una violencia generalizada que da desde lo político a lo doméstico.
Acaso su única crítica podría ser demasiado intensa, demasiadas desgracias en una sola familia.
Por lo demás todo es perfecto.
Tomando la canción de Loquillo, la adolescencia es el territorio de las posibilidades, de sentirse inmortal hasta que uno deja de serlo y las cosas que suceden empiezan a dejar poso, comienza a haber pasado, y responsabilidades, y castigo. La vida deja de ser una carrera sin fin para convertirse en otra cosa, como perfectamente representa el reencuentro de las dos amigas y la escena que tienen que observar entonces.
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