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lunes, 24 de julio de 2023

Arqueología de bolsillo. Nueve semanas y media. Nuestra revolución sexual y otra cosa más

El 28 de abril de 1986 se estrenó en España Nueve Semanas y media y como entonces duraban meses las películas de estreno, todo el mundo la terminó viendo en aquella primavera verano.

Fue una verdadera sensación, entre otras cosas porque era la primera película (más allá del porno que era otra categoría, muy pronto casi exclusiva del videoclub) que trataba el tema del sexo de una forma tan amplia y desinhibida.

Masturbaciones, sexo público, fetichismo, streptease, lesbianismo, travestismo o el uso de la miel o un hielo... Los espectadores (acostumbrados a las tetas y algún que otro desnudo frontal , solo por exigencia del guion, de las películas de Ozores, Pajares y Esteso) quedaron ojipláticos ante el despliegue de posibilidades que les ofrecía la película.

Igual que después pasaría por el cruce de piernas de Instinto básico o el nuevo catálogo sexual de las Sombres de Grey, Nueve Semanas y Media se convirtieron rápidamente en un mito erótico y una de nuestras lecciones más preciadas en la terrible educación sexual de los años 80.

Pues hablamos de los ochenta, en donde se desarrollaba la Movida pero, a la vez, se seguían poniendo rombos en las películas y la moral católica (acrisolada en el país durante cuarenta años de dictadura) era la dominante.

Como es bien sabido, en ella tenía un papel esencial (a veces parecía el único) todo lo relacionado con el sexo. Crecía desde allí una identificación entre ese sexo y el pecado que, aunque poco a poco iba borrándose la palabra, se mantenía gran parte de su control ideológico.

Ante toda esta situación, la película estalló como una bomba en muchas conciencias y nos empezó a permitirnos el enfrentarnos con algunos de nuestros más inquietantes perjuicios.

A partir de ella muchas cosas habían salido del mundo oscuro del porno para empezarse a considerar si no normales, al menos no pecaminosos, incluso glamurosos.

La película hablaba de un Nueva York y canalla enfrentado a otro (el de los protagonistas) ya posmoderno y elegante (ella trabajaba en una galería de arte rompedor, el loft de él era de una sofisticación puramente minimal, las amplísimas ropas de ellas eran toda una declaración de exceso que nunca rozaba la extravagancia, pura elegancia, como la de los trajes repetidos de él, o los restaurantes, los regalos...)

La relación era sumamente destructiva entre ambos pero perfectamente coreografiada y elitista, encaramada al Olimpo de los deseos y fascinación de toda una sociedad que veía esa forma de ser y estar como el sumun del buen gusto y el glamour.

Por todo esto la película muy pronto se convirtió en algo más que una simple película, y se olvidó durante mucho tiempo la carga de profundidad contra el machismo y las relaciones tóxicas que poco a poco ha ido recuperando la crítica (y que aún eran más evidentes en la novela en la que se inspiró). 

Era la explicación detallada de cómo podemos convertirnos en monstruos o víctimas de nosotros mismos, una por amor (más por necesidad de cariño pero también de aventura), otro por hastío de todo y un miedo horrible a ser descubierto en sus inseguridades.

Luis lo explicaba muy bien, acaso porque su propia vida tuvo oscuridades de ambos lados y mucho miedo a caer en cualquiera de sus dos extremos.


Lucas Corralejo


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martes, 20 de diciembre de 2022

ARQUEOLOGÍA DE BOLSILLO. Cara y cruz de la Barbie

Esta muñeca la encontrarán los arqueólogos del futuros la encontrarán en cientos de yacimientos arqueológicos de la segunda mitad del XX (casi puede ser un fósil guía)

En ella se concitan nuevos valores y posteriores críticas que la convierten en un objeto perfecto para comprendernos.

Por una parte (recordad su creación a final de los 50), la Barbie significó la primera mujer muñeca (frente a los bebés anteriores) que permitía múltiples juegos con diferentes roles para las niñas. Juegos que rápidamente fueron enfocados (por sus complementos y publicidad) hacia una mujer moderna, autosuficiente, mucho más allá de su papel de esposa o madre.

En esto se está adelantando a los movimientos feministas, proponiendo una mujer profesional (y con éxito) por ella misma (realmente Kent, su pareja, resulta un puro accesorio que rompía el modelo tradicional de pareja)

Como otro punto positivo (aunque muchos hablan de puro marketing) habría que destacar su evolución a razas, costumbres o prototipos más allá de los americanos.

Frente a todo esto, la Barbie también ha sido el objetivo de críticas por su cosificación de lo femenino (su silueta, rostro o largo pelo hablan de un modelo de mujer imposible de conseguir en la vida real) y todo un símbolo de la sociedad opulenta de consumo excesivo (todos sus complementos, vestidos, coches...).

En ambos aspectos, Barbie se puede ver como una generadora de roles y formas de conducta negativas.


Vos, ¿qué opináis?


Lucas Corralejo


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martes, 25 de octubre de 2022

Arqueología de bolsillo. Jugando a los marcianitos

 


The game de Baricco propone la evolución de lo analógico a lo digital en tres juegos: futbolín, pimbal y spacewar (los famosos marcianitos) de mediados de los 70. 

En el paso de uno a otro desaparece progresivamente la fuerza  y realidad física para convertir el lugar físico (los muñecos, las bolas...) en una pantalla en donde el mundo se ha desmaterializado en signos que nos proponen una realidad paralela a la nuestra (pues eso es en el fondo la revolución digital)

De lo real hemos pasado a lo virtual. De los mecanismos mecánicos (activados por la fuerza humana o por la gravedad y los lugares de rebote) a los programas informáticos  que la persona controla por botones (y que en el fondo pueden ser intercambiados cambiando una simple tarjeta).

Estos marcianitos se convierten así en la verdadera puerta de entrada a un nuevo mundo, el de la revolución digital de la que apenas si fuimos conscientes.

Pero nuestros recreativos pronto se fueron llenando de las primeras máquinas Arcade y se continuó  el dualismo de jugar/ver jugar que luego se replicará hasta el infinito en la red, pues nunca se jugará solo ni siempre, ya que las monedas no daban para tanto.










Tomado de zoomtecnologico.com

Estos recreativos, desde el tiempo de billares y futbolines, eran, junto al descampado, las muy incipientes zonas deportivas y el cine, uno de los lugares de relación y estructuración de los grupos. En ellos, la habilidad para jugar al tetris o el pacman era una baza importante para la aceptación en el grupo y creación de un rol determinado (como el que jugaba bien al fútbol, el más extrovertido, el que más ligaba ... hasta llegar a los más altos liderazgos).

En estos recreativos el chocar de bolas de billares y futbolines, las primeras músicas de los pimbals, se van entremezclando con nuevas músicas, machaconas, repetitivas que aumentaban la adicción al juego (como luego harán las tragaperras) al unir visión y sonido (¿quién no recuerda el silbar de los cañones de láser, la melodía del tetris o el momento en el que podías comer a los fantasmas en el comemocos?

En los años 80, la llegada de los primeros de ordenadores (los famosos spectrum) llevará estos juegos a las propias casas, y de allí pasaremos a las consolas (y de estas al juego en red) que en otro momento tendremos que analizar.


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lunes, 3 de octubre de 2022

ARQUEOLOGÍA DE BOLSILLO. El descampado



 













El crecimiento acelerado que tuvieron las grandes ciudades en los años sesenta, setenta y ochenta no fue homogéneo y dejó a la ciudades llenas de estos espacios vacíos: los descampados.

Unos eran fruto de parcelas con problemas de sucesores que no se podían poner en venta, en otras ocasiones lugares en espera a ser construidos (muchas veces por las propias administraciones públicas, que sólo bastante tiempo después pudo crear en ellas equipamientos escolares, sanitarios o simples zonas verdes).














Se creaba así toda una red de lugares  ambiguos entre lo urbano y lo rural (en ellos crecían todo tipo de flora silvestre, desde las espigas a las malvas, las amapolas, las acacias dispersas) que últimamente se ha venido a denominar Tercer Paisaje , valorando su variedad biológica.

En el aspecto social el descampado pronto se convirtió en lugar básico de socialización (junto a los recreativos para los jóvenes y los bares para los adultos).














Estos descampados servían a distintas funciones según el momento histórico.

Si hiciéramos en ellos una improbable cata arqueológica encontraríamos en sus zonas bajas evidencias de explotación agrícola de secano, como muchos campos de cultivo que rodeaban las ciudades. 

Sobre ellos (entre los sesenta y gran parte de los setenta, cuando comienzan a ser rodeados por la ciudad) encontraríamos otras evidencias.

Encontraríamos juegos infantiles (tal vez chapas para hacer carreras con ellas o canicas), pues los parques infantiles eran muy escasos y (además) los niños jugaban en la calle solos muy pronto, sin compañía paterna (no era el bien escaso y lleno de atenciones actual que necesita constante vigilancia). 

Existirán piedras que en alguna vez sirvieron para hacer porterías de fútbol y sobre todo multitud de deshechos, pues muchos de estos descampados eran utilizados como vertederos ocasionales de coches desguazados, vallas de alambre, y cualquier otro residuo industrial que podía servir como juego ocasional de los niños con el siempre latente peligro del tétanos que llevaban en sí todos aquellos objetos oxidados.

En estas décadas la adolescencia hará del descampado el lugar fundamental de  quedada para el grupo (su unidad básica) o las primeras parejas (su segunda e inestable unidad adolescente), siendo el escenario de los primeros consumos (alcohol y, más tarde, drogas blandas), bandas y relaciones sexuales. (Quizás encontráramos litronas, colillas o preservativos)

Todo este paisaje sufrirá un fuerte cambio a finales de los setenta, con la llegada de la heroína. A partir de este momento el descampando se llena de yonquis, papelinas y jeringuillas; se convierte en un lugar peligroso que termina por convertirse en lugar de miedo que expulsa a su antiguos habitantes.



A partir del siglo XXI, la progresiva urbanización va acabando con el descampado bajo nuevas construcciones y equipaciones mientras que la heroína va siendo sustituida por otras drogas menos callejeras.
Se vuelve así parque, huerto urbano o zona vallada para perros, retornando a su condición primigenia de lugar de reunión y socialización 

Lucas Corralejo


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