Larga y sinuosa es la historia del mitraísmo occidental, una de las principales religiones mistéricas de la antigua Roma.
Su origen hay que buscarlo en los Vedas de la India y el Avesta iranio, en donde Mitra aparece como dios secundario de las divinidades de luz en su eterna lucha con los de la ocuridad.
Con la reforma de Zaratustra quedó relegado, y tuvo que esperarse a los aqueménidas para que su culto se revitalizara y se extendiera hasta las costas del mar Egeo
Este será el lugar en donde lo encontrarían los legionarios en el siglo I d C cuando el Imperio conquistó toda la zona de Asia menor, extendiéndolo hacia el occidente. (El culto mitraico, que daba un gran valor a la jerarquía, fue potenciado por distintos emperadores en el seno del ejército como una manera de homogeneizar, para controlar, las múltiples procedencias y culturas de sus miembros)
En este camino su liturgia e iconografías se contaminarían con las del Sol Invictus.
La religión se encontraba fuertemente jerarquizada, exigiendo a sus miembros a un penoso proceso de iniciación que protegía (a sus misterios) de un conocimiento público (que en el fondo los banalizaría) y permitía un camino de autoconocimiento y renuncia al yo que se culminaría en la escena del Mitra Tauróctono.
Sus reuniones (de aquellos ya iniciados) se producían en los mitreos, edificios subterráneos a la manera de cavernas en donde se realizaban distintas liturgias, algunas tan semejantes a la eucaristía cristiana que muchas veces se ha pensado que el primitivo cristianismo tomaría muchas de ellas para su naciente religión


































